jueves, 13 de diciembre de 2012

REFLEXIÓN PERSONAL FINAL DE INNOVACIÓN

Esta asignatura fue la primera que tuvimos en este Máster. Pese a que ya había realizado materias relacionadas con el tema en Magisterio y Psicopedagogía, y pese a que el año anterior había hecho un Máster de lo mismo, no llegué a la asignatura con ideas preconcebidas. He visto tantas formas de dar la materia como personas la planteaban. Todos los profesores que me han enseñado algo de innovación tenían un frente común: cambiar la escuela actual; pero según los ideales de cada uno el modo de hacerlo difería mucho de unos a otros.


La prueba del examen no fue algo nuevo; la había hecho en Psicopedagogía. No fue el mismo examen, de hecho la verdad es que salí mucho peor parada en éste, pero me imaginaba el fin del mismo. He de decir, sin embargo, que mis perspectivas ya habían cambiado. Recuerdo que cuando hice aquel examen en Psicopedagogía, lo primero que pensé fue cómo de los que estábamos allí, todos maestros y futuros psicopedagogos, sólo hubiéramos aprobado un examen tan sencillo tres. Me pregunté qué clase de maestros iban a ser aquellos que ya ni siquiera recordaban qué era un adjetivo y los tipos de adjetivos que había. Cuando el profesor nos explicó que la prueba era para demostrarnos que los contenidos que nos enseñan no tienen sentido y que no valen para nada, tampoco estuve de acuerdo. Yo consideraba que era importante que hubiéramos aprendido eso, que una cultura general es la base para todo. No conseguí deshacerme de ese corsé de los contenidos hasta tiempo después, cuando fuimos analizando el por qué de esos contenidos, el cómo se “aprenden” o, más bien, se memorizan; las posibles alternativas a estos, etc.

Así pues, cuando realizamos el examen y luego estuvimos hablando de él, yo sonreía recordando lo que pensé la primera vez que hice algo parecido y lo que ahora pensaba, totalmente distinto. Sigo sin creer que los contenidos sean del todo inútiles, me parece que no está de más enseñar ciertas cosas, pero eliminaría y modificaría muchos y, sobre todo, cambiaría por completo el modo en que se tratan de transmitir. La memoria tiene unos límites (tanto de capacidad como de tiempo) limitados, y ha de usarse para ciertas cosas, pero no puede ser la única herramienta para “aprender”, porque será un aprendizaje restringido a lo que seamos capaces de memorizar.

La clase continuó y me gustó el modo en que se planteaba todo, de hecho, yo quería cambiar de especialidad en el Máster (algo que luego no hice por otros motivos) y pensé que me gustaría poder mantener las clases de innovación con esta especialidad, porque me gustaba el planteamiento de la asignatura.

¿Qué cambios de creencias, actitudes, formas de pensar… he tenido tras pasar por esta asignatura? Realmente no demasiados. Como ya he dicho, siempre he estado muy interesada en la innovación y tengo interés en seguir indagando sobre este tema. Sin embargo, pese a que no he “cambiado” mucho, he reforzado muchos ideales que ya tenía, he tenido la oportunidad de ver otras experiencias (como la del Pesta) o de compartir con otros compañeros mis dudas sobre ciertos aspectos de la innovación y tratar de solventarlas.

He descubierto que, por suerte, al parecer al menos en la especialidad educativa, todos estamos concienciados de la necesidad de un cambio. Ha habido muchas charlas sobre lo que pensábamos o creíamos sobre este tema, y a diferencia de lo que muchas veces se ha hablado en otras materias que compartíamos con los de Plástica, en Orientación todos parecemos compartir esas ganas de cambiar. Si luego ocurrirá algo en la práctica real o no…

Creo que innovar cuesta, requiere un esfuerzo, es como nadar a contracorriente todo el tiempo. Lo más sencillo es dejar que nos lleve, seguir las “órdenes”, no luchar, no cambiar nada; de este modo nadie nos mirará, nadie nos prestará demasiada atención, nadie podrá decirnos nada acerca de nuestra práctica. Por muy mala que sea, seguiremos lo que siempre se ha hecho y eso nadie parece capaz de criticarlo. Rebelarse, querer cambiar las cosas y hacerlo de verdad requiere esfuerzo, ganas y mucha fuerza de voluntad. Y, por supuesto, se necesita del apoyo de alguien, alguien que esté con nosotros en esa “lucha” en la que pocos querrán comprendernos.

¿Cambiar las metodologías? Sí, eso es algo que muchos podrán compartir, sobre todo a la hora de dar clase. Las circunstancias casi obligan a hacerlo, ya no valen los libros, los niños ya no se están sentados y callados; ahora hay que incorporar las TICs, las pizarras digitales, los trabajos cooperativos, etc. Hasta ahí muchos estarán de acuerdo, más que nada porque será el único modo de no “perder la cabeza” intentando dar clase.

Sin embargo, ¿cambiar los contenidos? ¿Dejar atrás lo que el libro de texto propone? Eso es un imposible, de locos, a nadie se le ocurriría. ¿Cómo no vamos a terminar el libro que cada año propone la editorial de turno? ¿Cómo no hacer las actividades allí propuestas, cómo vamos siquiera a plantearnos “perder el tiempo” haciendo un proyecto diferente? 

Y todavía en un colegio hay ciertas posibilidades. No de cambiar el libro por completo, porque ciertamente también hay pruebas (la ESCALA, las pruebas de diagnóstico…) pero al menos el mismo tutor suele dar la mayor parte de las materias, lo cual puede darle cierta libertad temporal en cuanto a qué dar en cada momento. Sin embargo, en un instituto… hacer algo como un proyecto supone más de una hora y una asignatura, por lo que habría que coordinarse entre varios profesores de diferentes materias para preparar un proyecto común y poder trabajar en él durante más de una hora. Pero… apenas hay coordinación en Secundaria, parece que cada uno está encerrado en su departamento y no quiere saber nada del resto de las materias y de cómo se planteen. Otro gran problema es la formación de los profesores de Secundaria, escasa en materias educativas. Ellos son expertos en su materia y quieren, desean transmitirla a cualquier precio. No todos han deseado ser profesores, muchos han encontrado en la docencia la única salida laboral posible para su carrera. No les preocupa demasiado que los alumnos quieran o no aprender su materia, o buscar modos alternativos de dar la clase, ellos quieren seguir el método de siempre, seguir un libro y poder así demostrar a su alumnado todo lo que saben y han aprendido sobre su asignatura, sobre la que han trabajo cuatro o cinco años durante su formación universitaria y que, probablemente, es lo que verdaderamente les apasiona. Pero no lo que les apasionará a sus alumnos.

No, ellos no están preparados para ello y muchos ni siquiera deseaban enfrentarse  a ello. Eso me lleva a otro tema tratado en clase, la inclusión. Si en los colegios es un tema complejo que queda reducido a una integración pobre y mal enfocada; en los institutos no hay nada de qué hablar. Los profesores no están formados para enfrentarse a la diversidad del alumnado, menos a la de aquellos que son “excepcionales”. Para ellos lo mejor es “eliminar” el problema de su clase y que se encarguen otros, los que “saben”, los que “están para eso.” Ahí se supone que entramos nosotros, los Orientadores, para tratar de hacer que el diagnóstico no se convierta en pronóstico y no sea sino un primer paso en la búsqueda de alternativas para que ese niño/a tenga una educación completa al igual que sus compañeros. Ya lo comenté en una reflexión acerca del tema en el blog, queremos ser normales, no salirnos de esa “normalidad” para que nadie nos señale con el dedo, pero no lo somos y, en el fondo, tampoco queremos serlo. Es cierto que no queremos que nos marginen o nos den de lado, pero siempre aspiramos a ser especiales, a ser irrepetibles; todos deseamos tener algo que nos haga únicos.

Sabemos que somos distintos, pero por desgracia, unas diferencias se aprecian más que otras… Esto es algo que también trabajé mucho, sobre todo en Magisterio, aunque fuera más bien por voluntad propia que porque nos lo “enseñaran” (la Universidad deja mucho que desear en cuestiones educativas también). Al fin y al cabo, como maestra me iba a encontrar esa diferencia ahí, a la orden del día, y quisiera o no, en un colegio no es tan sencillo “quitarse el problema”; el niño forma parte de la clase y convive con sus compañeros, aunque a veces salga fuera a dar algunos “apoyos.” Tuve que aprender y cambiar mi forma de ver este tema (yo era de las que no veía nada claro el tema de la inclusión y no entendía para qué servía la integración si esos niños iban a ser “muebles” apartados al fondo de la clase). Sigo pensando que algunas problemáticas, por sus propias características, (como, por ejemplo, el autismo o la parálisis cerebral) son mejor atendidas fuera del aula corriente por razones evidentes y siempre en beneficio del niño; no creo que un niño pueda o no llegar a determinados niveles. Si la educación sigue planteándose como se hace, (todos sentados atendiendo al profesor que explica y luego estudiar el libro), la inclusión sigue siendo una utopía y la integración ha sido un cambio de lugar que incluso puede haya perjudicado al alumnado que antes, fuera de las aulas “corrientes” tal vez tenían una atención y una educación más adecuada y especializada para ellos, mientras que ahora son casi un “estorbo” para el desarrollo “normal” de la clase y no se les permite intervenir en el lugar donde han de convivir con otros que jamás lo verán como igual porque no hace las mismas tareas, no estudia y no hace los mismos exámenes. Pero a medida que mi formación continuó entendí que la clave era precisamente ésa, que la educación no puede seguir como hasta ahora, que por muy tentadora que pueda ser la opción de llegar y tener todo el conocimiento y ponerlo al alcance de los niños a partir de un par de libros, no puede ser así. Que hay que aprender, aprender de verdad, cosas que sirvan para el mundo real. La escuela debe enseñar a leer y escribir, por supuesto y, como muchas veces se dice, “las cuatro reglas”. No está de más que a un niño le suenen los ríos o las montañas más importantes de su país, o que conozca la disposición política de sus comunidades y provincias; pero también creo fundamental que sepa leer un mapa y que, a partir de ahí, puede venir lo demás sin necesidad de memorizarlo a base de repetición. Hoy día está todo al alcance de un clic, tal vez lo verdaderamente importante sería saber cómo y cuándo utilizar ese “clic.”

Siempre me ha parecido interesante la lengua y la literatura, pero entiendo que su utilidad (sobre todo en cursos avanzados) sea cuestionada. Tal vez para escribir adecuadamente o para resolver ciertas dudas no esté de más el análisis sintáctico básico, pero sin duda de nada sirve si no se lee y si no se escribe. Es absurdo memorizar donde nació, vivió y murió Lorca si no hemos leído una obra suya. Es absurdo leer una obra suya si no nos interesa en teatro o la poesía. No creo necesario que los adolescentes tengan que buscar resúmenes en el Rincón del Vago de los clásicos porque “tienen que leerlos.” Si el fin es que les guste leer, vamos por el camino contrario. Está claro que a quién no le interese la lectura le seguirá pareciendo aburrido un libro de autores actuales y temáticas para ellos (como Jordi Sierra I Fabra), pero al menos habrá otros cuantos a los que logremos captar con esas historias que son más afines a sus problemas diarios que con amoríos engatusados por una tal Celestina en versos imposibles.

En fin, creo que con respecto a la innovación en la escuela en general queda mucho por andar. Se están dando grandes pasos en cuestiones metodológicas, por lo menos en algunos lugares, pero el contenido sigue siendo el mismo y el modo de evaluarlo el inevitable examen al final de cada tema.

Esto me lleva al tema de la evaluación, del que hemos discutido sobre todo en la asignatura de Procesos. Creo firmemente en la necesidad de cambiar la evaluación para que deje de ser una calificación basada en la nota que se saca en un examen. Los detractores o las personas más acomodadas, o los que no estén familiarizados con este afán renovador de la escuela me dirán que eso es una tontería, que al fin y al cabo es así como se va a evaluar al alumno tarde o temprano (por las ya citadas pruebas externas a los centros o la Selectividad). De acuerdo, el sistema impuesto nos habla de exámenes y muchas veces parece que todo el conocimiento va adherido a una nota, pero no es así. No se valora el conocimiento, sino la memoria, pura y dura. Y luego encima algunos tienen "la cara" de decir que lo expreses con tus propias palabras. Pero lo único que quieren es que digas lo mismo de otra manera. Al fin y al cabo, ¿qué más da decirlo de un modo que de otro? Se trata de memorizar, cada uno lo puede hacer como prefiera. Recuerdo cuando algunos profesores se empeñaban en obligarnos a hacer esquemas de los temas porque con los esquemas "se estudia mejor". Bueno, eso es relativo, cada persona es un mundo y yo, personalmente, prefería las frases completas. Si el método es la memoria, al menos dame libertad para usarla como mejor se me dé. 















Pero ahí está el fallo del sistema educativo, todo viene impuesto. Qué "aprender," cuándo y cómo hacerlo... Vivimos tan sujetos al sistema, bien por los libros o por las pruebas externas, que nadie se atreve a zarandear todas las "normas" hasta ahora incuestionables y hacer una escuela más acorde a los tiempos que corren. Se introducen las nuevas tecnologías en el aula pero los alumnos siguen copiando textos de los libros. Es algo casi irónico. Y miramos a Finlandia como nuestro referente a seguir ignorando que no somos Finlandia y que jamás lo seremos. No somos un país del norte de Europa, no somos un país con menos de 10 millones de habitantes, nuestras noches no son casi días completos… No, todo lo contrario, somos un país del sur, sol y verano, y aunque a muchos les parezca una tontería, eso influye en nuestro carácter y en nuestro modo de ver las cosas. Aparte de eso, nuestro sistema no está preparado para afrontar las reformas que requeriría parecerse siquiera un poco al sistema finlandés. No están preparadas las escuelas, ni los institutos, ni las universidades para formar del modo adecuado a los futuros maestros. No está preparada la sociedad, punto clave para mí en todo tema educativo, para valorar la profesión y lo que genera lo suficiente; nadie puede creerse que los “mejores” tengan que ser maestros, aquí ser maestro es casi una carrera de “chiste”, una forma fácil de tener un título universitario y encima, un trabajo cómodo y relativamente estable. ¿A qué idiota se le va a ocurrir ser maestro si puede ser médico o notario? Eso es “tirar” su inteligencia (lo he vivido, son frases que realmente he escuchado decir). No, no podemos mirar los resultados de Finlandia y limitarnos a tratar de copiar algo de su sistema, porque no se puede copiar ninguno de sus puntos clave para “triunfar” sin que el resto de la estructura educativa caiga por completo y sea reformada. Pero tampoco es cuestión de mirar hacia otro lado o de hacer completamente lo contrario. Finlandia podría ser el punto de partida a partir del cual ir adaptando nuestro sistema a las nuevas necesidades de nuestra sociedad, ir ganando en flexibilidad y libertad de currículum, hacer partícipe a la sociedad de que la educación es la base de todo lo demás y, poco a poco, crear nuestro propio sistema “triunfal” que responda a las características propias de nuestra sociedad y nuestro país a la vez que supere todas las carencias educativas que sin duda existen.


Y es que el fracaso escolar no es el fracaso del alumno, sino de la escuela. El sistema no deja de fallar una y otra vez, y parece que nadie quiere darse cuenta de ello. Los adolescentes están malcriados, lo tienen todo, Internet, los móviles, que si las familias ya no están en casa, madres trabajadoras… excusas, excusas que hacen que la culpa de no estudiar, de no seguir adelante, de que el sistema los eche fuera (como en esa primera viñeta que veíamos y que comentamos en el foro) sea siempre del alumno. Pero no es así. El alumnado, con todas sus características y diferencias, no puede adaptarse a un sistema sacado de hace dos siglos. La “fábrica” de la escuela nació con un buen propósito: dar oportunidad a todos de acceder a la educación. Pero no quiso adaptarse a todos ni permitir a todos los mismos logros. La escuela respondía (y sigue respondiendo) a unas “mínimas” necesidades de unos pocos; aquellos que no conseguían adaptarse a ella eran echados fuera de ella sin ningún tipo de futuro o porvenir, “desechos” de la escuela culpables de su propio destino. No ha cambiado mucho desde entonces…

Con respecto a la innovación en orientación, que hemos estado viendo estos últimos días, no he conseguido aprender demasiado, aunque sí he descubierto algunas cosas bastante positivas. Como comenté al principio, no tenía mucha ilusión en hacer este Máster y menos aún por esta especialidad, por dos razones: la primera y evidente, es volver a estudiar lo mismo que ya he estudiado hasta la saciedad en la carrera; la segunda, porque después de hacer mis prácticas en Psicopedagogía quedé bastante decepcionada sobre qué era la orientación, la verdad es que la orientadora con la que estuve poco me enseñó y aún menos sabía de lo que hacían los orientadores por experiencia como alumna. Siempre he querido ser maestra, realmente el tema de la orientación no me llamaba la atención, pero quise probar con la esperanza de que realmente fueran algo más que una figura ausente que apenas se acerca a las clases de 4º de ESO para ponernos un programa para que eligiéramos uno u otro Bachillerato. Mas después de hacer Psicopedagogía aún quedé más defraudada.

Sin embargo, cuando comenzamos a ver que los orientadores podían ser la clave de algunos cambios, que podían promover un cierto cambio de ideales en los docentes de un instituto, comencé a encontrar un sentido a la labor de estos trabajadores que hasta ahora había visto desde una perspectiva bastante pasiva (creo que muchos se dejan llevar por la apatía general y “aprovechan” el hecho de no tener que llevar una clase para “perder” el tiempo en otras cosas, lo digo con conocimiento de causa) y altiva (en ese sentido yo siempre he pensado que nadie que no haya entrado en una clase puede aconsejarte cómo actuar en una u otra situación desde fuera).

Sigo sintiendo gran pasión por la enseñanza y la verdad que no cambiaría estar en un aula con todos sus problemas a estar en el departamento de orientación, pero ahora veo con cierta esperanza la posibilidad de que, si un día estoy allí, voy a poder aportar mi granito de arena a la escuela, a lo que yo creo que debe ser, a los profesores que, como yo, son unos idealistas que quieren luchar porque la utopía se convierta en realidad. Quiero nadar contracorriente, quiero cambiar lo que creo que ha de cambiar, creo de verdad en la posibilidad del cambio y aunque sé que la realidad es mucho más compleja, y sé que me veré obligada a seguir la corriente en muchos sentidos (las sesiones de evaluación, las actas, los exámenes como “prueba” tangible del por qué de una nota u otra, la Selectividad…) siempre que pueda pienso seguir adelante con lo que realmente creo que debo y puedo hacer.

En este sentido, el campo de la orientación me amplía mucho las posibilidades, ya que desde ahí puedo llegar a todos los profesores que requieran apoyo y siempre es mejor contar con una red de profesionales que trabajar uno sólo. En ese sentido, estos últimos días me han servido para volver a sentir ganas de probar la orientación, aunque quiera hacerlo desde otro enfoque distinto al que supongo tendrá lugar realmente en los institutos. Quiero aprovechar esta nueva oportunidad para conocer a fondo las posibilidades de esta profesión y comprender hasta qué punto se puede “cambiar el mundo”, por así decirlo.

Al fin y al cabo, lo he dicho muchas veces y lo repetiré siempre: nadie dijo que esto fuera fácil…

sábado, 24 de noviembre de 2012

ESPAÑA NO ES FINLANDIA


Introducción

Nuestro sistema educativo lleva en entredicho muchísimo tiempo, y por desgracia, no hemos sido nosotros los que lo hemos criticado los primeros, sino otros. Los informes de PISA nos sitúan siempre en posiciones bastante dudosas teniendo en cuenta nuestro nivel socio-económico y siempre han sido una especie de referente al que llegar pero que jamás alcanzamos.

¿El problema? Tal vez hemos errado el referente, una prueba estándar no lo dice todo. Sin embargo, que el sistema educativo español no es un éxito es un hecho, se mida como se mida. Incluso si no se mida. Fracaso escolar, desmotivación, burn out… Tanto el alumnado como el profesorado son muestras claras de las carencias de un sistema que está pidiendo a gritos un cambio que nunca se da, aunque a nivel legal parezca que sí está constantemente cambiando.

Y PISA sigue ahí, “pisándonos”, aplastándonos con sus resultados. Lo tenemos en cuenta para eso, para ver lo “mal que vamos”, pero no buscamos más allá. Y más allá, casi en la cúspide, está Finlandia, con su clima, con sus noches, con su frío… y esos grandes resultados que evidencian, de algún modo, la clave del éxito. Queremos ser como Finlandia pero sin ser Finlandia y eso es imposible.

Por eso quería escribir un poco acerca de las pautas que se analizan en el glosario de Finlandia y ver las claves de su éxito y cuáles de esas claves podrían ayudarnos a nosotros a conseguir nuestro objetivo: una educación exitosa a vista de todos.

Primera clave. El contexto de Finlandia

Como bien dice el texto,  “país de largos inviernos, largos períodos de oscuridad y soles de medianoche”. Una de las características más destacadas del país es precisamente su clima: inviernos fríos y noches largas. España, por el contrario, se caracteriza por su sol, por su buen clima; días amables que invitan a paseos por la playa y cervezas en las terrazas.

Creo que una buena frase a destacar como descriptor de Finlandia es “de los países más democráticos y también de los menos corruptos”, algo que no creo que se pueda decir de España, nos duela como nos duela. Este hecho que,  junto al del clima, parecen poco o nada relacionados con la educación, para mí es fundamental a la hora de analizar el éxito del sistema escolar en este país. Siempre que miramos o tratamos de fijarnos en otros sistemas y tratamos de entender el por qué de su éxito, nos centramos en puntos relativos únicos y exclusivamente a la educación, sin tener en cuenta que cada país tiene unas circunstancias propias que propician, en muchos casos, dicho éxito o, al menos, la existencia de algunas iniciativas que lo logran.

De hecho, los resultados de las pruebas estandarizadas como PISA siempre me parecen bastante poco objetivas, dado que son iguales para todos cuando cada país, cada provincia, cada colegio tiene un contexto y unas características propias que afectan directamente en los resultados.
El mismo texto que nos da las claves del éxito de la educación en Finlandia lo resalta como un factor fundamental: “tiene lugar y se explica en un país con condiciones históricas, culturales y socio-económicas muy particulares.

Segunda clave. La equidad

Una de las cosas que creo fundamentales a la hora de hablar de Finlandia es la equidad, tanto por parte del sistema como del país mismo. Como bien dicen, los resultados de PISA “son sorprendentemente uniformes entre la población escolar - la diferencia entre los mejores y los peores resultados de PISA es la más pequeña del mundo.” Esta equidad en los resultados; ¿se debe al sistema o al alumnado? Es decir, ¿tenemos alumnado más diverso aquí o simplemente, no sabemos tratar con esa diversidad como allí lo hacen?

Creo que la solución es una mezcla de ambas razones. En primer lugar, como bien dice el texto, tan sólo un 5% de los habitantes han nacido fuera del país; esta paridad de cultura y lengua en el alumnado ayuda a que la educación sea, en sí, equitativa. La propia sociedad lo es: “una sociedad igualitaria, con necesidades básicas satisfechas y altos niveles de bienestar general de la población.”  Ahora mismo, hablar de eso en España sería prácticamente imposible; aún así, no se puede culpar de todo a la crisis, hemos vivido tiempos buenos anteriormente y la educación ha seguido siendo el último de los beneficiarios de esa riqueza. Tal vez, como una vez escuché, en educación es donde primero se recorta en tiempos malos y donde último se invierte cuando hay dicha económica.
En segundo lugar, también creo que el modo en que se plantea el resto del sistema ayuda a solventar las diferencias que indudablemente existen entre el alumnado. Se puede leer en el texto que “En comunidades migrantes la educación se hace en la lengua materna de los estudiantes, además de en finlandés.”. ¿Sería posible esto en España? Yo creo que no. Un país donde ni siquiera se hace un “esfuerzo” por integrar a los propios españoles cuando se van a comunidades con lengua propia (un niño/a que se marcha a vivir al País Vasco o a Cataluña ha de aprender a la fuerza esa lengua y hasta que no lo haga no logrará integrarse en el día a día de la escuela, que es en esa lengua, y eso que no ha salido de su país), no creo que se haga nada por integrar a otros que vengan de otros países. Aunque se intentara, creo también que en el caso de España supondría muchas cosas, sobre todo ¿quién da todas esas clases en todos esos idiomas? Hay que tener en cuenta que hablar de multiculturalidad en España es hablar de personas de Marruecos, Inglaterra, Alemania, Rumania, China, Rusia, Polonia… debería haber demasiados maestros/as de esas lenguas y tal vez sí que fuera poco viable esta medida. Pero sí veo fundamental medidas de integración diferentes a las actuales, al igual que veo la necesidad de las mismas cuando hablamos de alumnado con dificultades de aprendizaje, lo cual también se menciona en el texto: “* Se aseguran oportunidades de aprendizaje a todos los alumnos, incluidos los que requieren educación especial. En cada escuela hay un profesor especializado en educación especial, quien colabora con los demás profesores. Para los alumnos con dificultades de aprendizaje y para los que necesitan mejorar su rendimiento se diseñan programas a medida, con atención individualizada.” También en Finlandia tienen este tipo de diferencias y también han buscado el modo de solventarlas, si bien me parece que ellos han buscado el modo de igualar en la diferencia y no de igualar a base de segregar y diferenciar aún más como parece que es el caso del sistema español y de una gran parte de los sistemas educativos que conocemos. “No se separa a los niños según sus capacidades. No hay clases aparte para los "rápidos" o los "superdotados".  Y eso que, para muchos, ahí estaría la clave para mejorar el sistema, separar a los “buenos” de los “malos” para que los “buenos” aprendan y los “malos” pasen el rato sin molestar a los demás. Sin embargo “si hay problemas académicos, se organizan grupos de 10 y se asigna un profesor de refuerzo. Hay asimismo alumnos encargados de apoyar a los compañeros que se retrasan.”   

Esta clave, de equidad, es también perseguida por España, pero tal vez se hace encorsetados en ideales y prejuicios: “Cada escuela, una buena escuela”. Aquí parece que determinadas escuelas van a ser mejores que otras a priori y sin remedio, simplemente por una cuestión de contexto o de recursos. No sé si en Finlandia existirán barriadas deprimidas como las que existen en España, cada vez más alejadas de la famosa clase media; supongo que el hecho de que sea un país próspero y equitativo hace que no sea así y que todos los centros estén ubicados más o menos en barriadas de igual nivel socioeconómico; sin embargo creo que pese al contexto, deberíamos esforzarnos en que cada escuela, esté donde esté, sea buena, sin necesidad de que esa “bondad” sea medida por resultados académicos. En algunos lugares, enseñar lo que se enseña será posible, tenga o no tenga sentido el qué y el cómo se enseña (eso es otro tema para hablar años); pero en otros será necesario centrarse en otros aprendizajes y ofrecer al alumnado alternativas para darles la oportunidad de mejorar su estilo de vida, de formarse como personas con libertad para elegir cuando sean adultos a pesar de toda su carga social. Una buena escuela sea cual sea, definida como aquella que dé a su alumnado las herramientas necesarias para vivir un futuro mejor a partir de las condiciones de partida, sin que éstas sean un limitante, sino tan sólo eso, un punto de partida.

Y muchos dirán: Para eso hace falta dinero. Y aquí enlazo con la siguiente clave, muy relacionada con ésta en muchos aspectos y diferente en otros.

Tercera clave. Los recursos

Siempre que miramos a Finlandia vemos las cosas buenas pero es que ellos han invertido, han “apostado” por la educación. ¿Ha apostado España alguna vez por ella? ¿O se limita a darle limosnas y a grandilocuencias absurdas que no llevan a ninguna parte? Veamos:

En Finlandia: “El Estado entrega gratuitamente los libros y otros materiales escolares, las comidas en la escuela,  transporte y servicio dental.” Acerca de esto está claro, España no es Finlandia. Andalucía ha tratado imitar burdamente esta medida regalando libros de texto a todo el alumnado, lo necesitara o no, fuesen sus padres notarios y cirujanos o estuviesen los dos en paro. También decidió tirar la casa por la ventana y regalar portátiles al alumnado de quinto que se podían quedar hasta 4º de ESO (y luego, ¿qué? ¿Para qué van a devolver portátiles con más de 6 años y medio destrozados?). Lo ha hecho sin control, sin un fin claro y, por supuesto, sin presupuesto. Ni Andalucía ni España invierten en educación lo suficiente para hacer un gasto tan grande, y no es cuestión de economía, como se observa en los siguientes datos:

Siendo sólo un 13,7% más ricos, Finlandia realiza un esfuerzo extra en materia educativa comparado con España. Así, dedica un 42% más de gasto público para educación en relación al PIB, y un 18,2% más por alumno en Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO).”

COMPARATIVA ESPAÑA-FINLANDIA
(Indicadores económicos)
Concepto
España
Finlandia
Favorable
a Finlandia
PIB por habitante
(UE-27=100)
102,4
116,4
13,7%
Gasto público educación en relación al PIB
4,3%
6,1%
42,0%
Gasto público por alumno en ESO
6.010
7.100
18,2%
Fuente: Ruíz, V. (2007).  ¿Por qué Finlandia es una super potencia educativa siendo sólo un poco más rica que España?, en Diario Digital, disponible en: http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=9722

Es cuestión de ganas, de importancia que se da a la educación. Aquí se limitan a regalar libros de texto (los famosos libros de texto) y portátiles hasta que se dan cuenta de que ya no pueden y cierran el grifo para todos. Si queremos equidad, hay que invertir en ella, si no se puede, al menos que la equidad favorezca al que no puede de verdad y no a todos. Puede parecer discriminación, pero no veo justo que se invierta en familias pudientes lo que podría invertirse para muchísimos otros temas (por ejemplo, los comedores, que también son gratis en Finlandia y que aquí, aunque si reúnes ciertos requisitos, son casi gratis también, no lo son para todos y, al fin y al cabo, muchos sí que necesitan ése servicio y cada vez cuesta más que te lo bonifiquen). Así se ejemplifica este tema de las comidas en Finlandia: “El derecho a la educación incluye el derecho a comida gratis y nutritiva en las escuelas. El costo de la alimentación escolar lo asume cada municipio (65 céntimos por menú: un plato caliente, leche y fruta).” Teniendo en cuenta la autonomía presupuestaria de nuestros ayuntamientos, creo que no estaría de más cierto control en esos fondos municipales y que se destinara parte de ellos a la educación de cada municipio y no a tanto empleo-enchufe inútil que no genera más que pérdidas.

Además, ellos saben dónde invertir ese dinero. “La mayor inversión se destina a los profesores (salarios, formación, etc.).” El personal docente es la clave de este sistema, como analizaré más abajo, y a ellos van la mayor parte de los fondos educativos, porque sin ellos el sistema no tendría ningún tipo de sentido.

Además, algo que me llamó mucho la atención fue que “El mobiliario es cómodo y está dispuesto de modo de facilitar la comunicación cara a cara entre los alumnos y con los profesores.” La segunda parte está clara, el sistema de trabajo en Finlandia es diferente y eso ya lo sabíamos pero… el mobiliario es CÓMODO. Creo que en esto nunca hemos pensado seriamente. El alumnado va a estar entre 5 y 7 horas sentado en esa silla (porque además, nuestro sistema lo castiga si se levanta), escribiendo en esa mesa… ¿están cómodos nuestros alumnos? Sillas de madera tiesas, mesas (algunas reclinables, menos mal, otras ni eso)… Si ahora volviéramos al colegio y nos sentáramos en aquellas sillas, seguro que nos quejaríamos. Nos dolería todo al cabo de un rato (ya nos duele en la facultad). ¿Es tan complicado colocar un mobiliario cómodo? Sé bien cuál sería la objeción para muchos: son incómodas para que no se duerman, que si no estarían todo el rato sin hacer nada. Pero, sinceramente, creo que eso entra en el tema de qué estamos haciendo tan mal como para que ir a clase sea aburrido, cuando los niños/as son una continua fuente de dudas y preguntas y curiosidad. No es cuestión de que las sillas sean cómodas para que se duerman, ya lo hacen en sus mesas de madera. Si les contáramos algo interesante, si fueran parte de lo que se les está diciendo… daría igual que tuvieran una cama calentita, porque no necesitarían soñar para disfrutar en la escuela.

Los finlandeses, sin duda, dan importancia al contexto clase, y lo extrapola más allá a todo el centro: “La sala de profesores es un ambiente agradable y muy bien acondicionado para el trabajo individual y en equipo. Las aulas tienen entre otros televisor con pantalla gigante, acuario, cocina con fregadero, medios audiovisuales, aire acondicionado, circuito cerrado de televisión, computadores, plantas. Hay máquinas de coser en la clase de costura, aparatos de soldar, herramientas de carpintería, esquíes.” Y nosotros no tenemos ni un duro para comprar un simple reproductor de música, pensarán muchos centros de aquí. ¿No hubiera sido mejor equipar a los centros de cosas importantes que al alumnado de portátiles? ¿No sería conveniente pensar en llevar al colegio parte de la sociedad, como se observa aquí con la costura, los paneles solares…? ¿No se trata de enseñar a vivir? Pues habrá que enseñar a vivir en espacios similares a los que nos ofrece la vida, ¿o no? ¿O acaso la vida es una clase con una pizarra y un libro de texto?

 También es muy curioso porque otro tema relativo a los recursos siempre afecta a la ratio. Los maestros dicen que con menos alumnos trabajarían mucho mejor. Pues bien: “Por ley, en primero y segundo grado de la escuela no puede haber más de 25 alumnos por clase. De tercero a sexto grado hay entre 25 y 30. A partir de séptimo grado, el número baja a 15-20 alumnos.” De acuerdo, nosotros llegamos a veces a ratios de 40 pero como se observa, no tienen clases de 10 niños. Sus clases de primaria son grandes (25-30, por ley aquí deben ser así también, otra cosa es la realidad) y en secundaria, aunque baja, tampoco se quedan con tres o cuatro en clase. Tal vez el problema no es cuántos somos sino cómo se trabaja con todos ellos, cómo hacer que todos se impliquen.

La  "escuela del futuro" no se visualiza como un lugar rebosante de computadoras sino como un espacio que combina zonas de juego, computadoras y hasta una profesora leyendo en voz alta a un grupo de niños, como en un cuadro costumbrista (Reetta Hyvarinen, investigadora de la Universidad de Helsinki).” Es decir, no todo se reduce a la tecnología. Lo ideal es que la escuela, como la vida, sepa combinarlo todo y hacer de ello la experiencia más enriquecedora que los niños/as puedan vivir sea cual sea su origen. Y es que su idea de educación e innovación es tan diferente a la nuestra…

Cuarta clave. La idea de educación

Algo que cambia radicalmente cómo se educa en Finlandia es la idea que tienen acerca de qué es la educación y en qué debe consistir. En muchos casos, no se trata tanto de las concepciones existentes, puesto que también aquí en España hay numerosas corrientes que luchan por una educación basada en los mismos principios, sino de la idea en la que se fundamentan las leyes y el sistema educativo en sí, que coincide plenamente con ellas y que, en este caso, son: “Cygnaeus, considerado el padre de la escuela pública finlandesa. Sus ideas fueron influenciadas por Pestalozzi y Froebel. Las ideas de John Dewey (USA) han ejercido asimismo gran influencia en la pedagogía finlandesa, especialmente el "aprender haciendo".

Eso sí, en contra de lo que muchas veces entiende España por innovación, Finlandia tiene claro que sus pedagogías tienen que ser firmes y no seguir modas transitorias: “El sistema educativo finlandés no se tienta con las tendencias y corrientes pedagógicas de moda. ("Solo los peces muertos siguen la corriente": dicho finlandés). Se asienta en las pedagogías activas y en el constructivismo. Confía en valores como el esfuerzo, la dedicación, el estudio, la colaboración y la cooperación, el involucramiento de la familia, la acción del profesor. Se promueve el sisu (palabra finlandesa para voluntad, esfuerzo, perseverancia), un valor cultural arraigado en la sociedad.” Valores que ya no se aprecian pero que creo que han de ser lo que sustenten todos los ideales de educación, puesto que si no existen estos valores no hay educación posible.

Hay numerosos puntos en la educación de Finlandia que son diferentes a los de España, y que tal y como parecen van a seguir yendo las cosas en términos educativos, seguirán siendo cada vez más opuestos. Su educación se basa en principios de equidad, de respetar la diferencia, de que cada uno aprenda por su cuenta y a su modo. Se refleja en muchos de los valores pedagógicos sobre los que se sustenta: “Repetir el año está proscrito por ley. Se asume y espera que todos los alumnos aprendan, cada quien a su propio ritmo”. “El aprendizaje es holístico y personalizado. Se alienta la libre expresión, el pensamiento crítico, el diálogo, el debate, la propia iniciativa.”Se estimula la autonomía de los alumnos desde muy temprana edad, y se les educa en la responsabilidad y el trabajo en grupo.”

Y, sin embargo, es curioso, porque muchas veces cuando se habla aquí de que las cosas van mal siempre se alude a que no se está enseñando lo que ha de enseñarse, que habría que mirar y revisar el contenido (y estoy totalmente de acuerdo); pero hay dos frases en el texto sobre Finlandia que no puedo dejar de destacar: “Se privilegia el aprendizaje de competencias, más que de contenidos” (es la propuesta de nuestra ley actual pero, ¿realmente se está llevando a cabo o son las competencias meros medios para llegar a los objetivos que también se proponen un poco después en la misma ley por curso y año?) “Lectura, escritura y matemáticas son la prioridad en el currículo y en las aulas.” (las enseñanzas “básicas”, leer, escribir y “las cuatro reglas”; ¿estamos aquí dándole prioridad de verdad? ¿Cómo lo hacemos? ¿No corremos, quizá, demasiado? ¿No estamos demasiado preocupados porque el niño sepa hacer determinadas cosas en determinado momento para poder seguir avanzando? ¿Por qué llegan alumnos/as a secundaria cometiendo faltas de ortografía? ¿Cómo llegan a la Universidad sin diferenciar paralelas de perpenticulares?)
 
El concepto de educación que tienen también marca el ritmo escolar. Por ejemplo, la enseñanza obligatoria comienza a los 7 años, como hemos visto en clase mucho más acorde con lo que decía Piaget acerca de los estadios de los niños/as que nuestro sistema, en que comienza a los 6, tal vez cuando el alumnado aún no está preparado para ciertos aprendizajes. "Nuestras investigaciones neurológicas muestran que antes de esa edad el desarrollo cerebral y físico no es el apropiado para el aprendizaje académico": Irmeli Halinen, directora de Educación Preescolar y Básica.

Además, su primaria es incomparable a la nuestra. Nuestro alumnado, cuando termina 6º, se ha hartado de hacer deberes y a partir de 2º ya sabe lo que es un examen (algunos incluso en 1º, apenas acaban de empezar a escribir…) y tienen grandes técnicas para memorizar todo lo que se les mande, aunque la mayoría apenas sepa comprender lo que está diciendo. En Finlandia, es todo lo contrario: “Los primeros seis años de educación no tienen que ver con el éxito académico. No medimos a los niños. Tienen que ver con prepararse para aprender y con encontrar su pasión": Pasi Sahlberg” “Durante los seis primeros años de escolaridad, los alumnos no son evaluados; los exámenes empiezan a aplicarse cuando son adolescentes. Solo existe un test estandarizado obligatorio que se aplica cuando los alumnos tienen 16 años.” “Las calificaciones asignadas a los estudiantes van de 4 a 10.” La evaluación es algo positivo para ellos, es algo que les indica cómo mejorar su aprendizaje, cómo va el proceso, qué se puede hacer; pero no sesga, no corta, no es una losa que provoca la pérdida de interés o de motivación. “Se desaconseja enviar tareas escolares a la casa antes de los 16 años. Se considera una violación al derecho de los niños a ser niños, a jugar, a tener tiempo libre, a disfrutar de la familia (Pasi Sahlberg).” ¿Qué ocurre aquí? ¿Dejamos a los niños tener tiempo libre? Entre las tareas del colegio, las clases extraescolares y demás, creo que mucho de nuestro alumnado lo que está es sobrexplotado, no tiene tiempo para hacer nada más que tareas y deberes, trabajando una media de 12 o 13 horas al día, ¿de verdad queremos que así se interesen por algo de lo que hacen? ¿Lo haríamos nosotros si fuera una carga con la que lidiar 12 horas al día a diario?

¿Han perdido esos años para “aprender”? Yo creo que no. Al fin y al cabo quién no ha pensado estando en Secundaria que estaba viendo exactamente lo mismo que en Primaria pero un poco más avanzado, como si el conocimiento fueran parcelas separadas y cada año se pudiera mostrar al alumnado unos pocos más de m2 de dichas parcelas. ¿Quién establece cómo y cuándo? Y, sobre todo, ¿por qué? ¿Por qué aprender a un ritmo establecido? En Finlandia no “pierden” ese tiempo, lo aprovechan para hacer de esas tierras (las mentes de los niños/as) algo fértil donde luego se pueda sembrar lo que haga falta, al contrario que aquí, donde nos empeñamos en sembrar primero y tratar de regar después, aunque la tierra inicial no estuviera preparada y escupiera, sin remedio, todo lo que en ella se intente plantar. A la enseñanza básica le sigue la secundaria superior, de tres años, con dos opciones: vocacional y general. Tradicionalmente, la secundaria vocacional era más popular, pero hoy la demanda está equilibrada. Ambas vías sirven para llegar a la universidad.  El 93% de los alumnos termina la educación secundaria, 43% opta por educación vocacional y 66% se matricula en la universidad.” Se observa aquí que, sin duda, esos años de “preparación” han sido útiles. El alumnado sigue estudiando casi en su totalidad (93%) y, además, se le dan opciones (vocacional o general) pero eso no quiere decir que se cierren las puertas con esa decisión; el alumnado puede seguir en la Universidad haya hecho lo que haya hecho. Creo que en este punto (si la LOMCE sigue como se propone), vamos a estar cada vez más lejos, clasificando a nuestro alumnado demasiado pronto, cerrando unas puertas que no sabemos si realmente tendrán opciones o no de cruzar más tarde.

Y no es cuestión de tiempo tampoco, que aquí parece un gran problema: no me da tiempo a terminar el libro, no tengo tiempo para dar todo el temario si hago otras cosas…

“En la educación básica, los profesores deben enseñar entre 4 y 5 horas diarias. El tiempo adicional de permanencia en el centro escolar (para atención a alumnos y padres de familia, reuniones, etc.) es flexible, de acuerdo a las necesidades. Las clases duran 45 minutos. Son clases breves, intensas y muy participativas. Después de cada clase hay un recreo obligatorio de 15 minutos al aire libre.”

Después de cada clase 15 min de descanso, ¿quién no lo soñó? En el instituto todavía teníamos 5 minutitos para descansar entre que venía o no el profesor de la otra materia pero, ¿en el colegio? Muchas veces apenas respirabas entre una hora y otra, dado que la daba el mismo maestro/a y pasaba de un libro a otro como si nada, sin dejarte parar, sin desconectar… ¿No estamos exigiendo demasiado a niños demasiado pequeños? ¿Es tan complicado dar un pequeño respiro a nuestros pequeños para que puedan descansar y retomar el trabajo con nuevas fuerzas? ¿No es esto algo que, tal vez, todos necesitamos?

Quinta clave. La autonomía

Creo que este tema no es tanto lo que es sino cómo se trata. Aquí, en España, ha habido muchas reformas y cada vez más se pretende dar autonomía a los centros para que hagan determinadas cosas, para que puedan tomar decisiones propias. Eso me parece muy bien. Lo que me parece mal es que creo que esa autonomía ha quedado reducida a temas administrativos, y lo único que han hecho ha sido colocar el peso del papeleo sobre el Equipo directivo y también sobre los propios docentes, que cada vez más se ven obligados a tener que rellenar toda clase de informes e impresos, (un día no sabrán si son maestros u oficinistas), pero sin darles libertad plena para decidir sobre otras cosas más importantes. Tienen un presupuesto limitado del que han de dar cuentas claras cada vez, un sistema establecido que no pueden cambiar, horas que han de dar de cada materia, qué materias se dan y a partir de qué curso, etc.

Sin embargo, en Finlandia: “los planteles escolares tienen gran autonomía administrativa así como curricular y pedagógica.  Los directores de escuela pueden elegir a la planta docente, sin tener que ocuparse de sus salarios. No existen inspectores ni supervisores; se confía en el desempeño y profesionalismo de los profesores y directivos de cada plantel. Los profesores son responsables de organizar los cursos, elegir los textos, fijar las reglas de disciplina y de la relación con los padres. La función principal del Gobierno central es evitar desigualdades en la calidad educativa entre las distintas regiones del país y entre escuelas.” Aquí en España hace años que el Estado perdió su poder de igualar; el tema de las autonomías sólo ha servido para desigualar y separar y el Estado como tal apenas tiene fuerza para unirnos a todos bajo un mismo nombre o bandera. Y eso se extiende mucho más allá de la política.

Cada Comunidad Autónoma tiene una Ley de Educación Común ante la que responden todos por igual, pero en cada Comunidad existe una versión “propia” de dicha ley (por ejemplo, la LEA en Andalucía), que se supone que adapta los principios de la LOE a cada contexto (lo cual es de dudable realidad). Y ahí se acabó toda la autonomía. El centro no es responsable más que del papeleo, de lo demás ya se encargan los de arriba. Es cierto que también aquí se “eligen” de algún modo los libros, las normas, etc. pero creo que el plano de libertad que se da en Finlandia va mucho más allá de eso, ellos son libres de decidir cómo se dan las clases y qué se dan en dichas clases y hay tanta confianza en lo que los profesores del centro decidan que no hay inspectores. ¿Podría hacerse aquí en España? Sinceramente, creo que no. Ya de por sí la labor de la Inspección me parece paupérrima, dejando que haya tanto inútil y tanto vago (lamento la dureza, pero es así) dando clase, tantos caraduras dándose de baja una y otra vez, riéndose del sistema prácticamente; que parece que hasta que no se mata un niño no se puede hacer nada porque el maestro ha aprobado unas oposiciones y ya puede ser un psicópata mental que hasta que no pase algo grave no se le puede echar de allí. Si encima no hubiera inspección, ¿qué no haría cierto sector docente que no sabe lo que es la docencia ni quiere saberlo?

Aquí hace falta control en ciertos sentidos y creo que incluso haría falta tomar medidas más duras y drásticas para evitar dejar en manos de ciertos energúmenos la educación de la sociedad del futuro, pero está claro que en Finlandia sí es posible y eso es por la clave que ahora paso a exponer y que para mí es la MÁS importante de todas. “El Consejo Nacional de Educación, dependiente del ministerio del ramo, es el encargado de elaborar los contenidos mínimos (currículo nacional común). Las autoridades locales, las escuelas y los profesores individualmente tienen bastante autonomía para decidir qué y cómo enseñar. 25% del currículo es definido localmente. Cada escuela puede decidir organizar las asignaturas en áreas.”

Sexta clave. Profesores

Sin duda he aquí el talón de Aquiles de la educación en España y la fortaleza de Finlandia: sus maestros, sus profesores. Y, sin duda alguna, he aquí también algo en lo que creo que jamás lograremos siquiera parecernos a este sistema educativo que tantos admiramos.

En primer lugar, ser maestros allí tiene un gran prestigio social: “La docencia es una profesión con gran reconocimiento social, como la de médico o abogado.”

¿Qué significa ser maestro en España? Pues una profesión más entre tantas otras y, sinceramente, de las menos valoradas socialmente que requieran un título universitario. Nadie reconoce tu trabajo y tu labor, aquí lo único que importa es que tenemos un sueldo “fijo”, jornada laboral de 5 horas y tres meses de vacaciones. Y, además, todos saben mejor que tú cómo debes hacer tu trabajo. A nadie se le ocurre ir al médico y decirle: “yo tengo la gripe, mándame tal medicamento.” Pero a los maestros todo el mundo va a decirle si sus hijos tienen que hacer más o menos deberes, si deberían o no estar sentados juntos o incluso si has dado mal o no una clase… Dicen que el alumnado ha perdido el respeto a sus maestros pero la realidad es que la sociedad ha sido la que ha dejado de respetar esta profesión como tal; parece que todo el mundo sabe dar clases, que todo el mundo puede enseñar (quizás porque se entiende enseñar como ir a una clase, dar el libro de texto y poco más). Mientras no se tenga en mayor apreciación la labor de los docentes, mientras la sociedad no se dé cuenta de que de nosotros dependen los abogados, médicos y arquitectos del futuro, poco podemos hacer porque nuestro sistema se parezca un ápice al suyo.

También es cierto que es que hay algunos maestros… Y esto me lleva al siguiente punto clave con respecto al profesorado en Finlandia: su formación: “Una profesión atractiva, con muchos postulantes y mecanismos rigurosos de selección. Las universidades que imparten pedagogía solo aceptan al 15% de los alumnos que solicitan matrícula cada año. Es más difícil ser admitido para la carrera docente que para carreras como Medicina o Abogacía. La profesión docente es la primera opción que eligen los jóvenes y sobre todo los mejores estudiantes, al salir del secundario”

Analicemos esto antes de continuar con más puntos relacionados con la formación: es más complicado ser maestro que médico. Eso aquí, en España, es casi un chiste. Parece que con el boom de las series de médicos (House, Anatomía de Grey, Hospital Central), a todo el mundo se le han disparado las venas sanitarias y todo el mundo quiere protagonizar heroicidades con una bata blanca encima. Aunque últimamente la nota de Magisterio ha subido (en Málaga creo que está en tercera o cuarta posición en cuanto a peticiones), durante muchos años ha sido la “carrera comodín”, ésa a la que todo el mundo podía entrar casi sin haber aprobado la Selectividad, la que se hace porque “no vale para otra cosa, al menos que sea maestro.” Sin duda esto es algo muy relacionado con el prestigio social, pero no es difícil ver cómo muchos te miran cuando dices que estás estudiando Magisterio (como si fueras tonto, vamos) y denominan la carrera algo así como “Dibuja, Corta y Colorea”. He escuchado burlas a los exámenes por tratarse de cosas tan banales (pero tan vitales para un maestro) como hacer role-playing, o aprender a tocar el xilófono, o tener que presentar un proyecto ante la clase. Lo que para otros son simples juegos, para nosotros son técnicas de trabajo que hemos de conocer bien para poder aplicarlas correctamente.

No, no creo que aquí la Universidad tenga que dejar a tantos fuera de la carrera de Magisterio, porque además, luego está la siguiente opción a muchos que no pudieron ser maestros: la pedagogía; y aquí también vuelven a entrar cientos de estudiantes que no sabían qué hacer y marcaron la opción porque escucharon que es estudiaba poco y vieron que la nota de corte no era demasiado alta.

Muchos me dirán ante esto que la nota de corte no lo es todo, pero es que en Finlandia escogen a los mejores. Tienen en cuenta la nota, pero también la trayectoria como alumno, y si ha participado en programas de voluntariado, etc. Y los mejores, teniendo en cuenta la filosofía educativa que tienen y que ya hemos visto en sus principios pedagógicos, deben ser, sin duda, los mejores; en un sistema donde se prima que cada uno aprende a su ritmo, qué, cómo y cuándo mejor pueda, está claro que no se puede pensar que la nota de corte es simple fruto de la competitividad entre cerebros estudiantes. Por eso en parte creo que no podremos jamás imitar su sistema, no podemos formar los maestros que ellos tienen porque no seleccionamos a los mejores y porque los mejores tampoco quieren ser seleccionados para esta carrera; no me extraña, a mí me dijeron cuando decidí ser maestra que estaba “tirando mi nota” y que era una pena, “con lo inteligente que yo era.” Sin comentarios.

Aparte de cómo entrar en la Universidad, creo que es fundamental qué ocurre dentro de la Universidad. “El magisterio es una carrera de 5 años, un tercio de ésta se centra en contenidos pedagógicos.  La formación docente se realiza fundamentalmente en la escuela, no en la Universidad. Los profesores van a la Universidad el primer año y a partir del segundo empiezan a ir a una escuela a trabajar y aprender con otros profesores.” Formación en la práctica. Llevamos tantos años diciendo lo importante que sería esto… Pero no, aquí se da toda la teoría, carente de sentido y significado, y al final, como “premio” te dejan ir a un colegio a mirar y a ver si te dejan hacer algo. Nada más. No hay feedback de lo que estás viendo o está ocurriendo en tu aula con los niños. No se trabaja sobre ello ni se explican las cosas que pasan. Tú tienes que rebuscar en tres años de carrera a ver si encuentras algo de lo que te han contado que le otorgue algún sentido a lo que ves y, muchas veces, acabas recurriendo a tu experiencia, porque se asemeja más a lo que ves que lo que te han dado en clase. ¿Quiénes mejor que los maestros “in situ” para mostrarnos qué ocurre y cómo solventar nuestros problemas? ¿Para qué está la Universidad si no es para ayudarme mientras me formo? Para buscar teoría hay miles de libros y revistas, pero para ver el día a día del aula antes de que “sea demasiado tarde”, de estar “sola ante el peligro”, sólo tengo esa oportunidad.  No sé si algún día a alguien se le encenderá la bombilla adecuada…

Los profesores tienen mucha libertad para decidir qué enseñan, cómo, y a qué ritmo. En esta escuela los maestros mandan. Deciden en qué debemos gastar el dinero, elaboran su propio programa, salen de excursión cuando quieren y eligen algunos de los libros de texto. La falta de directrices procedentes del ministerio o de la escuela les obliga a ser creativos". Realmente no es tan diferente. Aquí también pueden elegir libros de texto y aquí también tienen ciertas libertades. Cuando llegan a 6º tienen que tener ciertos contenidos superados pero, ¿cómo dividirlos a lo largo de esos 6 años? También pueden elaborar sus programas, pero aquí parece más cómodo entregar el del libro de texto de turno, al fin y al cabo es lo que se va a dar durante el año, es lo que te van a pedir en las pruebas estandarizadas, es lo que “tienen que dar.” Sí es cierto que hay directrices más claras y fijadas en nuestro país pero creo que la falta de creatividad de nuestro profesorado se debe a que el propio sistema les ha corrompido para siempre y es muy difícil que se liberen de las convecciones que llevan años “aprendiendo” de manera natural por propia experiencia: nuestros maestros dan las clases tal y como se las dieron a ellos. No han sido formados para nada más.

“Los mejores profesores se destinan a los primeros grados, donde se construyen los cimientos de la autoestima y de los aprendizajes posteriores.” De nuevo, seguimos yendo a contracorriente. Aquí, el mayor prestigio y formación lo tienen los profesores universitarios. Son los “Doctores”, los que más “saben”, los que menos clases dan porque se dedican a investigar, los “más preparados”, los que cobran más y menos horas de docencia imparten. Después van los profesores de instituto, los Licenciados que hicieron un curso de tres meses y se convirtieron casi por arte de magia en profesores de instituto. Cobran menos que los universitarios y trabajan algunas horas más. Y, por último, en la base, los peor considerados, los menos preparados, los Diplomados, casi la broma de la profesión, los maestros de escuela, trabajan más horas y su sueldo es el más bajo de todos. Aquí no se considera Infantil ni Primaria como algo serio, casi parece que sea un periodo donde el niño va a la escuela a “pasar el rato” y poco más. Yo pienso más como los finlandeses, son la base, son los cimientos; y sin cimientos pocas estructuras aguantan demasiado tiempo de pie.

Séptima clave. Los alumnos

No son niños especiales, no son todos los más listos, inteligentes y buenos del planeta. Son niños y niñas como los españoles, con otro idioma y otras costumbres, con mucha más ropa de abrigo en el armario y la piel menos tostada en verano, pero poco más. Lo que cambia no es el alumnado en sí, sino la forma en que el sistema los trata: “Tienen gran libertad de expresión, son escuchados y sus opiniones tenidas en cuenta. A los alumnos se les permite hablar en clase. La mejor clase es aquella en que los alumnos hablan más que los profesores (Uuno Cygnaeus, "padre de la educación primaria en Finlandia"). Aquí sin duda es impensable. Si en una clase los niños están hablando, enseguida se piensa que el profesor ha “perdido el control” de esa clase, que no sabe “hacerse con la clase”; y es que aquí todo se reduce a estar en silencio porque el único que tiene el conocimiento y puede transmitirlo es el maestro y el alumnado sólo tiene que escucharlo y tomar notas para poder aprender. Qué proceso más simple, ¿no?

“Llaman a sus profesores por sus nombres, sin títulos ni tratos deferenciales. Se promueve una relación de iguales entre profesores y alumnos, una relación de respeto no desde la jerarquía sino desde la igualdad. ”
Y aquí parece que es una condición fundamental para que el alumnado te respete, ese “don” o “doña”, ese hablar de usted… es el modo más sencillo de marcar distancias con los alumnos, porque en este sistema, el profesor está sobre la tarima, de pie, escribiendo en su pizarra y el alumnado sigue sentado, un poco más abajo, ilustración perfecta de que uno siempre sabrá más que el otro, que nada tiene que aportar. Qué error, qué pérdida de información y conocimientos tan grande la de aquel docente que cree que sus alumnos no tienen nada que enseñarle.

Octava clave. La familia y escuela. Relaciones.

Una última clave, fundamental desde luego: la familia. “55% de los padres y madres se consideran los primeros responsables de la educación de sus hijos/as.” Aquí, entre las grandes desigualdades sociales, las distintas condiciones de vida, etc., muchos padres han delegado en la escuela la labor de educar a sus hijos, y educar se extiende al sentido más básico de la palabra: pedir las cosas por favor, respetar al compañero, no romper las cosas, escuchar al otro, no insultar, no pegar… Creo que esta concepción y responsabilidad de lo que ser padres significa, ayuda mucho a que el sistema educativo siga adelante, porque no hay escuela sin familia y sin coordinación entre ambos las labores de los dos sectores serán una pérdida de tiempo.

“Las familias confían en el sistema escolar y tienen altas expectativas respecto de éste. Los padres de familia se ocupan de acompañar y vigilar las tareas en casa.” 
¿Cuántas familias confían en el sistema educativo aquí? Lo que es peor, ¿hay razones para que lo hagan? La escuela no deja de mostrarse como un sistema reproductor de diferencias sociales, ¿puede la familia de verdad creer que con una “buena educación” (si es que existe tal en el sistema actual) su hijo va a lograr mejorar su estatus? Están hartos de ver abogadas de cajeras del Carrefour, cansados de ver que el fracaso casi siempre afecta a los mismos… ¿cómo van a creer que el sistema funciona? Entre eso, y el poco prestigio que se otorga a los profesores… Además, están implicados en la educación de sus hijos, algo que tampoco ocurre aquí tan a menudo. Normalmente están implicados los padres de alumnado implicado también con su educación; aquel alumnado que necesita ayuda o que presenta problemas, difícilmente traerá a sus padres al centro, porque realmente su problemática no se debe a que sea más tonto, sino a la falta de vínculo entre la escuela y lo que en su casa hay y, por tanto, la falta de interés de los padres por la educación de su hijo porque no confían en que sirva para nada.

Conclusiones: La clave fundamental.

Intentar imitar alguna de estas características por separado no tendría mucho sentido. Su éxito solo puede ser explicado por la sinergia de diferentes factores”.

No, no se puede. No se puede mejorar un sistema mientras no se otorgue mayor autonomía real a los centros. No habrá más autonomía hasta que no se cambien los principios pedagógicos que rigen el sistema. No se van a cambiar los principios pedagógicos mientras no haya recursos para responder a lo que otras pedagogías exigirían. No va a haber más recursos mientras no se valore más la educación. No se valorará más la educación mientras no  haya mayor implicación de las familias. No habrá mayor implicación de las familias hasta que no se vea que realmente el alumnado aprende. El alumnado no va a aprender en tanto no tenga grandes profesores. No podemos tener grandes profesores mientras sea una carrera a la que sólo se acceda a través de una nota de corte basada en contenidos memorísticos y nada más. No habrá otro sistema de selección hasta que no cambie todo el sistema.

Y es que, en definitiva, España no es Finlandia. Lo cual no quita para que sigamos luchando en busca de nuestro propio gran sistema educativo, para que algún día, dentro de muchos años, alguien lea, admirado, las claves de una educación de éxito: la educación en España.

Texto citado de: Torres, R. “Glosario mínimo sobre la educación en Finlandia.” [en línea]. 2011, [22 de Octubre de 2012]. Disponible en la Web: http://otra-educacion.blogspot.com.es/2011/06/glosario-minimo-sobre-la-educacion-en.html