Esta asignatura
fue la primera que tuvimos en este Máster. Pese a que ya había realizado
materias relacionadas con el tema en Magisterio y Psicopedagogía, y pese a que
el año anterior había hecho un Máster de lo mismo, no llegué a la asignatura
con ideas preconcebidas. He visto tantas formas de dar la materia como personas
la planteaban. Todos los profesores que me han enseñado algo de innovación
tenían un frente común: cambiar la escuela actual; pero según los ideales de
cada uno el modo de hacerlo difería mucho de unos a otros.
Esto me lleva al tema de la evaluación,
del que hemos discutido sobre todo en la asignatura de Procesos. Creo
firmemente en la necesidad de cambiar la evaluación para que deje de ser una
calificación basada en la nota que se saca en un examen. Los detractores o las
personas más acomodadas, o los que no estén familiarizados con este afán
renovador de la escuela me dirán que eso es una tontería, que al fin y al cabo
es así como se va a evaluar al alumno tarde o temprano (por las ya citadas
pruebas externas a los centros o la Selectividad). De acuerdo, el sistema
impuesto nos habla de exámenes y muchas veces parece que todo el conocimiento
va adherido a una nota, pero no es así. No se valora el conocimiento,
sino la memoria, pura y dura. Y luego encima algunos tienen "la cara"
de decir que lo expreses con tus propias palabras. Pero lo único que quieren es
que digas lo mismo de otra manera. Al fin y al cabo, ¿qué más da decirlo de un
modo que de otro? Se trata de memorizar, cada uno lo puede hacer como prefiera.
Recuerdo cuando algunos profesores se empeñaban en obligarnos a hacer esquemas
de los temas porque con los esquemas "se estudia mejor". Bueno, eso
es relativo, cada persona es un mundo y yo, personalmente, prefería las frases
completas. Si el método es la memoria, al menos dame libertad para usarla como
mejor se me dé.
Pero ahí está el fallo del sistema educativo, todo viene impuesto. Qué
"aprender," cuándo y cómo hacerlo... Vivimos tan sujetos al sistema,
bien por los libros o por las pruebas externas, que nadie se atreve a zarandear
todas las "normas" hasta ahora incuestionables y hacer una escuela
más acorde a los tiempos que corren. Se introducen las nuevas tecnologías en el
aula pero los alumnos siguen copiando textos de los libros. Es algo casi
irónico. Y miramos a Finlandia como nuestro referente a seguir ignorando que no
somos Finlandia y que jamás lo seremos. No somos un país del norte de Europa,
no somos un país con menos de 10 millones de habitantes, nuestras noches
no son casi días completos… No, todo lo contrario, somos un país del sur, sol y
verano, y aunque a muchos les parezca una tontería, eso influye en nuestro
carácter y en nuestro modo de ver las cosas. Aparte de eso, nuestro
sistema no está preparado para afrontar las reformas que requeriría
parecerse siquiera un poco al sistema finlandés. No están preparadas las
escuelas, ni los institutos, ni las universidades para formar del modo adecuado
a los futuros maestros. No está preparada la sociedad, punto
clave para mí en todo tema educativo, para valorar la profesión y lo que genera
lo suficiente; nadie puede creerse que los “mejores” tengan que ser maestros,
aquí ser maestro es casi una carrera de “chiste”, una forma fácil de tener un
título universitario y encima, un trabajo cómodo y relativamente estable. ¿A
qué idiota se le va a ocurrir ser maestro si puede ser médico o notario? Eso es
“tirar” su inteligencia (lo he vivido, son frases que realmente he escuchado
decir). No, no podemos mirar los resultados de Finlandia y limitarnos a tratar
de copiar algo de su sistema, porque no se puede copiar ninguno de sus puntos
clave para “triunfar” sin que el resto de la estructura educativa caiga por
completo y sea reformada. Pero tampoco es cuestión de mirar hacia otro lado
o de hacer completamente lo contrario. Finlandia podría ser el punto de partida
a partir del cual ir adaptando nuestro sistema a las nuevas necesidades de
nuestra sociedad, ir ganando en flexibilidad y libertad de currículum, hacer
partícipe a la sociedad de que la educación es la base de todo lo demás y, poco
a poco, crear nuestro propio sistema “triunfal” que responda a las
características propias de nuestra sociedad y nuestro país a la vez que supere
todas las carencias educativas que sin duda existen.
La prueba
del examen no fue algo nuevo; la había hecho en Psicopedagogía. No fue
el mismo examen, de hecho la verdad es que salí mucho peor parada en éste, pero
me imaginaba el fin del mismo. He de decir, sin embargo, que mis perspectivas
ya habían cambiado. Recuerdo que cuando hice aquel examen en Psicopedagogía, lo
primero que pensé fue cómo de los que estábamos allí, todos maestros y futuros
psicopedagogos, sólo hubiéramos aprobado un examen tan sencillo tres. Me
pregunté qué clase de maestros iban a ser aquellos que ya ni siquiera
recordaban qué era un adjetivo y los tipos de adjetivos que había. Cuando el
profesor nos explicó que la prueba era para demostrarnos que los contenidos que
nos enseñan no tienen sentido y que no valen para nada, tampoco estuve de
acuerdo. Yo consideraba que era importante que hubiéramos aprendido eso, que
una cultura general es la base para todo. No conseguí deshacerme de ese corsé
de los contenidos hasta tiempo después, cuando fuimos analizando el por qué de
esos contenidos, el cómo se “aprenden” o, más bien, se memorizan; las posibles
alternativas a estos, etc.
Así pues, cuando
realizamos el examen y luego estuvimos hablando de él, yo sonreía recordando lo
que pensé la primera vez que hice algo parecido y lo que ahora pensaba,
totalmente distinto. Sigo sin creer que los contenidos sean del
todo inútiles, me parece que no está de más enseñar ciertas cosas, pero
eliminaría y modificaría muchos y, sobre todo, cambiaría por completo el modo en
que se tratan de transmitir. La memoria tiene unos límites (tanto de
capacidad como de tiempo) limitados, y ha de usarse para ciertas cosas, pero no
puede ser la única herramienta para “aprender”, porque será un aprendizaje restringido
a lo que seamos capaces de memorizar.
La clase continuó
y me gustó el modo en que se planteaba todo, de hecho, yo quería cambiar de
especialidad en el Máster (algo que luego no hice por otros motivos) y pensé
que me gustaría poder mantener las clases de innovación con esta especialidad,
porque me gustaba el planteamiento de la asignatura.
¿Qué cambios
de creencias, actitudes, formas de pensar… he tenido tras pasar por
esta asignatura? Realmente no demasiados. Como ya he dicho, siempre he estado
muy interesada en la innovación y tengo interés en seguir indagando sobre este
tema. Sin embargo, pese a que no he “cambiado” mucho, he reforzado muchos
ideales que ya tenía, he tenido la oportunidad de ver otras experiencias (como
la del Pesta) o de compartir con otros compañeros mis dudas sobre ciertos
aspectos de la innovación y tratar de solventarlas.
He descubierto
que, por suerte, al parecer al menos en la especialidad educativa, todos estamos
concienciados de la necesidad de un cambio. Ha habido muchas charlas
sobre lo que pensábamos o creíamos sobre este tema, y a diferencia de lo que
muchas veces se ha hablado en otras materias que compartíamos con los de
Plástica, en Orientación todos parecemos compartir esas ganas de cambiar. Si
luego ocurrirá algo en la práctica real o no…
Creo que innovar
cuesta, requiere un esfuerzo, es como nadar a contracorriente todo el
tiempo. Lo más sencillo es dejar que nos lleve, seguir las “órdenes”, no
luchar, no cambiar nada; de este modo nadie nos mirará, nadie nos prestará
demasiada atención, nadie podrá decirnos nada acerca de nuestra práctica. Por
muy mala que sea, seguiremos lo que siempre se ha hecho y eso nadie parece
capaz de criticarlo. Rebelarse, querer cambiar las cosas y hacerlo de verdad
requiere esfuerzo, ganas y mucha fuerza de voluntad. Y, por supuesto, se
necesita del apoyo de alguien, alguien que esté con nosotros en esa “lucha” en
la que pocos querrán comprendernos.
¿Cambiar las
metodologías? Sí, eso es algo que muchos podrán compartir, sobre todo a la hora
de dar clase. Las circunstancias casi obligan a hacerlo, ya no valen los
libros, los niños ya no se están sentados y callados; ahora hay que incorporar
las TICs, las pizarras digitales, los trabajos cooperativos, etc. Hasta ahí
muchos estarán de acuerdo, más que nada porque será el único modo de no “perder
la cabeza” intentando dar clase.
Sin embargo,
¿cambiar los contenidos? ¿Dejar atrás lo que el libro de texto propone? Eso es
un imposible, de locos, a nadie se le ocurriría. ¿Cómo no vamos a terminar el
libro que cada año propone la editorial de turno? ¿Cómo no hacer las
actividades allí propuestas, cómo vamos siquiera a plantearnos “perder el
tiempo” haciendo un proyecto diferente?
Y todavía en un colegio hay ciertas
posibilidades. No de cambiar el libro por completo, porque ciertamente también
hay pruebas (la ESCALA, las pruebas de diagnóstico…) pero al menos el mismo
tutor suele dar la mayor parte de las materias, lo cual puede darle cierta
libertad temporal en cuanto a qué dar en cada momento. Sin embargo, en un
instituto… hacer algo como un proyecto supone más de una hora y una asignatura,
por lo que habría que coordinarse entre varios profesores de diferentes
materias para preparar un proyecto común y poder trabajar en él durante más de
una hora. Pero… apenas hay coordinación en Secundaria, parece que cada uno está
encerrado en su departamento y no quiere saber nada del resto de las materias y
de cómo se planteen. Otro gran problema es la formación de los profesores de
Secundaria, escasa en materias educativas. Ellos son expertos en su
materia y quieren, desean transmitirla a cualquier precio. No todos han deseado
ser profesores, muchos han encontrado en la docencia la única salida laboral
posible para su carrera. No les preocupa demasiado que los alumnos quieran o no
aprender su materia, o buscar modos alternativos de dar la clase, ellos quieren
seguir el método de siempre, seguir un libro y poder así demostrar a su
alumnado todo lo que saben y han aprendido sobre su asignatura, sobre la que
han trabajo cuatro o cinco años durante su formación universitaria y que, probablemente,
es lo que verdaderamente les apasiona. Pero no lo que les apasionará a sus
alumnos.
No, ellos no
están preparados para ello y muchos ni siquiera deseaban enfrentarse a ello. Eso me lleva a otro tema tratado en
clase, la inclusión. Si en los colegios es un tema complejo que queda
reducido a una integración pobre y mal enfocada; en los institutos no hay nada
de qué hablar. Los profesores no están formados para enfrentarse a la
diversidad del alumnado, menos a la de aquellos que son “excepcionales”. Para
ellos lo mejor es “eliminar” el problema de su clase y que se encarguen otros,
los que “saben”, los que “están para eso.” Ahí se supone que entramos nosotros,
los Orientadores, para tratar de hacer que el diagnóstico no se convierta en pronóstico
y no sea sino un primer paso en la búsqueda de alternativas para que ese niño/a
tenga una educación completa al igual que sus compañeros. Ya lo comenté en una
reflexión acerca del tema en el blog, queremos ser normales, no salirnos
de esa “normalidad” para que nadie nos señale con el dedo, pero no lo somos y, en el
fondo, tampoco queremos serlo. Es cierto que no queremos que nos
marginen o nos den de lado, pero siempre aspiramos a ser especiales, a ser
irrepetibles; todos deseamos tener algo que nos haga únicos.
Sabemos que somos
distintos, pero por desgracia, unas diferencias se aprecian más que otras…
Esto es algo que también trabajé mucho, sobre todo en Magisterio, aunque fuera
más bien por voluntad propia que porque nos lo “enseñaran” (la Universidad deja
mucho que desear en cuestiones educativas también). Al fin y al cabo, como
maestra me iba a encontrar esa diferencia ahí, a la orden del día, y quisiera o
no, en un colegio no es tan sencillo “quitarse el problema”; el niño forma
parte de la clase y convive con sus compañeros, aunque a veces salga fuera a
dar algunos “apoyos.” Tuve que aprender y cambiar mi forma de ver este tema (yo
era de las que no veía nada claro el tema de la inclusión y no entendía para
qué servía la integración si esos niños iban a ser “muebles” apartados al fondo
de la clase). Sigo pensando que algunas problemáticas, por sus propias
características, (como, por ejemplo, el autismo o la parálisis cerebral) son
mejor atendidas fuera del aula corriente por razones evidentes y siempre en
beneficio del niño; no creo que un niño pueda o no llegar a determinados
niveles. Si la educación sigue planteándose como se hace, (todos
sentados atendiendo al profesor que explica y luego estudiar el libro), la
inclusión sigue siendo una utopía y la integración ha sido un cambio de
lugar que incluso puede haya perjudicado al alumnado que antes, fuera de las
aulas “corrientes” tal vez tenían una atención y una educación más adecuada y
especializada para ellos, mientras que ahora son casi un “estorbo” para el
desarrollo “normal” de la clase y no se les permite intervenir en el lugar
donde han de convivir con otros que jamás lo verán como igual porque no hace
las mismas tareas, no estudia y no hace los mismos exámenes. Pero a medida que
mi formación continuó entendí que la clave era precisamente ésa, que la
educación no puede seguir como hasta ahora, que por muy tentadora que pueda ser
la opción de llegar y tener todo el conocimiento y ponerlo al alcance de los
niños a partir de un par de libros, no puede ser así. Que hay que aprender, aprender de
verdad, cosas que sirvan para el mundo real. La escuela debe enseñar a
leer y escribir, por supuesto y, como muchas veces se dice, “las cuatro
reglas”. No está de más que a un niño le suenen los ríos o las montañas más
importantes de su país, o que conozca la disposición política de sus
comunidades y provincias; pero también creo fundamental que sepa leer un mapa y
que, a partir de ahí, puede venir lo demás sin necesidad de memorizarlo a base
de repetición. Hoy día está todo al alcance de un clic, tal vez lo verdaderamente
importante sería saber cómo y cuándo utilizar ese “clic.”
Siempre me ha
parecido interesante la lengua y la literatura, pero entiendo que su utilidad
(sobre todo en cursos avanzados) sea cuestionada. Tal vez para escribir
adecuadamente o para resolver ciertas dudas no esté de más el análisis
sintáctico básico, pero sin duda de nada sirve si no se lee y si no se escribe.
Es absurdo memorizar donde nació, vivió y murió Lorca si no hemos leído una
obra suya. Es absurdo leer una obra suya si no nos interesa en teatro o la
poesía. No creo necesario que los adolescentes tengan que buscar resúmenes en
el Rincón del Vago de los clásicos porque “tienen que leerlos.” Si el fin es
que les guste leer, vamos por el camino contrario. Está claro que a quién no le
interese la lectura le seguirá pareciendo aburrido un libro de autores actuales
y temáticas para ellos (como Jordi Sierra I Fabra), pero al menos habrá otros
cuantos a los que logremos captar con esas historias que son más afines a sus
problemas diarios que con amoríos engatusados por una tal Celestina en versos
imposibles.
En fin, creo que con respecto a la innovación
en la escuela en general queda mucho por andar. Se están
dando grandes pasos en cuestiones metodológicas, por lo menos en
algunos lugares, pero el contenido sigue siendo el mismo y
el
modo de evaluarlo el inevitable examen al final de cada tema.
Esto me lleva al tema de la evaluación,
del que hemos discutido sobre todo en la asignatura de Procesos. Creo
firmemente en la necesidad de cambiar la evaluación para que deje de ser una
calificación basada en la nota que se saca en un examen. Los detractores o las
personas más acomodadas, o los que no estén familiarizados con este afán
renovador de la escuela me dirán que eso es una tontería, que al fin y al cabo
es así como se va a evaluar al alumno tarde o temprano (por las ya citadas
pruebas externas a los centros o la Selectividad). De acuerdo, el sistema
impuesto nos habla de exámenes y muchas veces parece que todo el conocimiento
va adherido a una nota, pero no es así. No se valora el conocimiento,
sino la memoria, pura y dura. Y luego encima algunos tienen "la cara"
de decir que lo expreses con tus propias palabras. Pero lo único que quieren es
que digas lo mismo de otra manera. Al fin y al cabo, ¿qué más da decirlo de un
modo que de otro? Se trata de memorizar, cada uno lo puede hacer como prefiera.
Recuerdo cuando algunos profesores se empeñaban en obligarnos a hacer esquemas
de los temas porque con los esquemas "se estudia mejor". Bueno, eso
es relativo, cada persona es un mundo y yo, personalmente, prefería las frases
completas. Si el método es la memoria, al menos dame libertad para usarla como
mejor se me dé.
Pero ahí está el fallo del sistema educativo, todo viene impuesto. Qué
"aprender," cuándo y cómo hacerlo... Vivimos tan sujetos al sistema,
bien por los libros o por las pruebas externas, que nadie se atreve a zarandear
todas las "normas" hasta ahora incuestionables y hacer una escuela
más acorde a los tiempos que corren. Se introducen las nuevas tecnologías en el
aula pero los alumnos siguen copiando textos de los libros. Es algo casi
irónico. Y miramos a Finlandia como nuestro referente a seguir ignorando que no
somos Finlandia y que jamás lo seremos. No somos un país del norte de Europa,
no somos un país con menos de 10 millones de habitantes, nuestras noches
no son casi días completos… No, todo lo contrario, somos un país del sur, sol y
verano, y aunque a muchos les parezca una tontería, eso influye en nuestro
carácter y en nuestro modo de ver las cosas. Aparte de eso, nuestro
sistema no está preparado para afrontar las reformas que requeriría
parecerse siquiera un poco al sistema finlandés. No están preparadas las
escuelas, ni los institutos, ni las universidades para formar del modo adecuado
a los futuros maestros. No está preparada la sociedad, punto
clave para mí en todo tema educativo, para valorar la profesión y lo que genera
lo suficiente; nadie puede creerse que los “mejores” tengan que ser maestros,
aquí ser maestro es casi una carrera de “chiste”, una forma fácil de tener un
título universitario y encima, un trabajo cómodo y relativamente estable. ¿A
qué idiota se le va a ocurrir ser maestro si puede ser médico o notario? Eso es
“tirar” su inteligencia (lo he vivido, son frases que realmente he escuchado
decir). No, no podemos mirar los resultados de Finlandia y limitarnos a tratar
de copiar algo de su sistema, porque no se puede copiar ninguno de sus puntos
clave para “triunfar” sin que el resto de la estructura educativa caiga por
completo y sea reformada. Pero tampoco es cuestión de mirar hacia otro lado
o de hacer completamente lo contrario. Finlandia podría ser el punto de partida
a partir del cual ir adaptando nuestro sistema a las nuevas necesidades de
nuestra sociedad, ir ganando en flexibilidad y libertad de currículum, hacer
partícipe a la sociedad de que la educación es la base de todo lo demás y, poco
a poco, crear nuestro propio sistema “triunfal” que responda a las
características propias de nuestra sociedad y nuestro país a la vez que supere
todas las carencias educativas que sin duda existen.
Y es que el fracaso escolar no es el
fracaso del alumno, sino de la escuela. El sistema no deja de fallar
una y otra vez, y parece que nadie quiere darse cuenta de ello. Los
adolescentes están malcriados, lo tienen todo, Internet, los móviles, que si
las familias ya no están en casa, madres trabajadoras… excusas, excusas que
hacen que la culpa de no estudiar, de no seguir adelante, de que el sistema los
eche fuera (como en esa primera viñeta que veíamos y que comentamos en el foro)
sea siempre del alumno. Pero no es así. El alumnado, con todas sus características
y diferencias, no puede adaptarse a un sistema sacado de hace dos siglos. La “fábrica”
de la escuela nació con un buen propósito: dar oportunidad a todos de acceder a
la educación. Pero no quiso adaptarse a todos ni permitir a todos los mismos
logros. La escuela respondía (y sigue respondiendo) a unas “mínimas” necesidades
de unos pocos; aquellos que no conseguían adaptarse a ella eran echados fuera
de ella sin ningún tipo de futuro o porvenir, “desechos” de la escuela
culpables de su propio destino. No ha cambiado mucho desde entonces…
Con respecto a la innovación en orientación,
que hemos estado viendo estos últimos días, no he conseguido aprender
demasiado, aunque sí he descubierto algunas cosas bastante positivas. Como
comenté al principio, no tenía mucha ilusión en hacer este Máster y menos aún
por esta especialidad, por dos razones: la primera y evidente, es volver a
estudiar lo mismo que ya he estudiado hasta la saciedad en la carrera; la
segunda, porque después de hacer mis prácticas en Psicopedagogía quedé bastante
decepcionada sobre qué era la orientación, la verdad es que la orientadora con
la que estuve poco me enseñó y aún menos sabía de lo que hacían los
orientadores por experiencia como alumna. Siempre he querido ser maestra,
realmente el tema de la orientación no me llamaba la atención, pero quise
probar con la esperanza de que realmente fueran algo más que una figura ausente
que apenas se acerca a las clases de 4º de ESO para ponernos un programa para
que eligiéramos uno u otro Bachillerato. Mas después de hacer Psicopedagogía
aún quedé más defraudada.
Sin embargo, cuando comenzamos a ver
que los orientadores podían ser la clave de algunos cambios, que podían promover
un cierto cambio de ideales en los docentes de un instituto, comencé a
encontrar un sentido a la labor de estos trabajadores que hasta ahora había
visto desde una perspectiva bastante pasiva (creo que muchos se dejan llevar
por la apatía general y “aprovechan” el hecho de no tener que llevar una clase
para “perder” el tiempo en otras cosas, lo digo con conocimiento de causa) y
altiva (en ese sentido yo siempre he pensado que nadie que no haya entrado en
una clase puede aconsejarte cómo actuar en una u otra situación desde fuera).
Sigo sintiendo gran pasión por la
enseñanza y la verdad que no cambiaría estar en un aula con todos sus problemas
a estar en el departamento de orientación, pero ahora veo con cierta esperanza
la posibilidad de que, si un día estoy allí, voy a poder aportar mi granito de
arena a la escuela, a lo que yo creo que debe ser, a los profesores que, como
yo, son unos idealistas que quieren luchar porque la utopía se convierta en
realidad. Quiero nadar contracorriente, quiero cambiar lo que creo que ha de
cambiar, creo de verdad en la posibilidad del cambio y aunque sé que la
realidad es mucho más compleja, y sé que me veré obligada a seguir la corriente
en muchos sentidos (las sesiones de evaluación, las actas, los exámenes como “prueba”
tangible del por qué de una nota u otra, la Selectividad…) siempre que pueda
pienso seguir adelante con lo que realmente creo que debo y puedo hacer.
En este sentido, el campo de la
orientación me amplía mucho las posibilidades, ya que desde ahí puedo llegar a
todos los profesores que requieran apoyo y siempre es mejor contar con una red
de profesionales que trabajar uno sólo. En ese sentido, estos últimos días me
han servido para volver a sentir ganas de probar la orientación, aunque quiera
hacerlo desde otro enfoque distinto al que supongo tendrá lugar realmente en
los institutos. Quiero aprovechar esta nueva oportunidad para conocer a fondo
las posibilidades de esta profesión y comprender hasta qué punto se puede “cambiar
el mundo”, por así decirlo.
Al fin y al cabo, lo he dicho muchas
veces y lo repetiré siempre: nadie dijo que esto fuera fácil…







No hay comentarios:
Publicar un comentario