jueves, 15 de noviembre de 2012

"¿POR QUÉ SER NORMAL CUANDO LO "NORMAL" ES SER DISTINTO?"



Introducción

Creo la cuestión de la inclusión, de la que se habla fundamentalmente en los textos de Miguel López Melero y todos los relacionados con el proyecto ROMA (del que ahora no voy a hablar), incluyen numerosos puntos sobre los que no estaría de más reflexionar. Me gustaría con este pequeño “informe reflexivo” dejar mi pequeña aportación al tema, basándome en estas lecturas y en otras que tuve la oportunidad de disfrutar en otros momentos de mi vida, y que todos los que compartan la lectura de esto se paren también a pensar sobre determinados términos o cosas que damos por hecho y que tanto chocan con lo que realmente somos o queremos ser.

Ser Normal

Miguel nos habla de que hay dos tipos de alumnado: el “normal” y el que no lo es, el “especial”, y nos cuenta cómo se ha trabajado desde numerosos ámbitos para lograr clasificar fielmente así al alumnado y, en definitiva, a las personas. Lo leemos y creemos entender lo que significa esto pero, ¿lo hacemos de verdad? ¿Qué implica esto de la normalidad?

Ser normal, seguir la norma, esas leyes impuestas por seres ajenos a nosotros que pretenden que veamos en sus pautas de vida nuestra vida propia. Seres que, desde su cómoda posición de poder, juegan con nosotros cuán muñecos de títeres, moviendo los hilos, agachando nuestras cabezas, pisoteando nuestra voluntad. Y que, pese a la dificultad de su tarea, lo consiguen. Hacen que nos dobleguemos a su antojo, que hagamos lo que la “norma” dice. Han conseguido interiorizar en nosotros sus propios valores y, aunque no dejamos de rebelarnos contra ellos, no podemos evitar que, tras ese pequeño acto de rebeldía que no es más que un triste vestigio de nosotros mismos, nos persiga un eterno sentimiento de culpabilidad, “somos distintos” “¿por qué a mí?” “Daría lo que fuera por ser normal.”

Un coche normal, un trabajo normal, una vida normal... Es a lo que aspiramos todos. Pero ninguno de nosotros se ha parado a pensar lo que la palabra normal conlleva. Si somos todos seres humanos y somos todos diferentes, ¿quién es el ejemplo de normalidad al que queremos imitar? ¿Por qué una religión, un ideal, una sola palabra puede ser el determinante de ser normal? Tú sí, tú no. Y luchamos, como ganado sumiso, por llegar a ser normal del todo, por no errar el camino, por no tomar el atajo equivocado, por no salirnos de la fila, por seguirnos unos a otros sin mirar atrás o a los lados, sólo adelante, siempre adelante, como si hubieran borrado todo lo demás; tachándolo de pecado, de inmoral, de irracional, de locura, de... anormal.
Miramos la televisión, envidiando a aquellos que lucen marcas caras y pinturas hermosas, aquellos cuerpos de estatuas idílicas, esos vestidos de cuentos de hadas... y suspiramos, envidiosos de no poder ser ellos, porque ellos son lo más de lo más, porque llevar esas marcas es a lo que todos deberíamos aspirar, (de hecho, algunos se resisten a tener ropa que no lleve impreso algún nombre conocido de una persona que, en el fondo, es un total desconocido), porque lucir esos vestidos y ese maquillaje, porque comprar esos cuerpos moldeados al antojo del poseedor y el cirujano de turno es algo que todos debemos desear, que aunque no todos podemos conseguir, sí todos debemos anhelar y tratar de logar.

Criamos a nuestros hijos en nuestros propios ideales, regañándoles cuando se salen de aquello que es “normal”, asustándonos, incluso, porque nadie quiere ser señalado con el dedo, porque nadie quiere que señalen a sus hijos, porque no queremos que les hagan daño y eso les harán si dejan de ser “normales”, si toman su propio camino, y nos engañamos a nosotros mismos cuando les castigamos, pensando que es lo mejor, que así aprenderán, sí, ¿pero qué aprenderán? ¿A ser copias exactas de nosotros mismos? Y, ¿de quién somos copias nosotros? Y los engañamos a ellos, diciéndoles que son especiales, pero no les dejamos serlo, los encauzamos por el río de la “normalidad”, “ten cuidado, hijo, esto no se hace, esto no se toca, esto no se dice, eso no se piensa...”  Algo así como lo que vimos en el Pesta, de que el adulto refleja sus miedos en el niño.

No saciamos del todo su curiosidad y no dejamos que ellos la sacien, porque puede ser peligroso, para ellos y para nosotros, porque la sociedad no permite determinadas “anormalidades”, porque serán más felices así. Tal vez sí. Pero no serán ellos mismos nunca. Vivirán en una eterna mentira, creyendo que son felices, que hacen lo que quieren, sin notar siquiera la presencia de finos hilos atados a sus brazos, a sus piernas, a su mente, a su alma, que van dirigiendo, sin saberlo, su destino. Ése que, ciegamente, ellos creen crear.

Los dejamos crecer solos en casa, cada vez más desatendidos, “toma la tele”, “juega con la play”, les atiborramos a máquinas futuristas que les permiten jugar solos, y luego pretendemos que acaten las reglas de un juego mucho más complejo, mucho más social: la vida; y nos enfadamos si no lo logran; olvidando que viven solos, que juegan solos, que en su mundo tienen sus propias reglas; obviando el amor y el cariño que les debemos, que nos piden con sus ojillos; relegando ese papel a los demás, a sus amigos, a los profesores, a los abuelos, a “su madre, que tiene más tiempo”, a una niñera que ni siquiera conocen...

Soñamos con ser ricos, una lotería, un cupón, un trabajo mejor que nos dé más; para seguir escalando socialmente, sin preocuparnos de quién se queda atrás, sin mirar nunca para abajo, no vaya a ser que se nos pegue algo y no, eso sí que no, nadie quiere postrarse ante los que están peor que ellos; siempre nos comparamos con lo mejor, ambiciosos, egoístas, y en cuando alcanzamos un nivel superior al nuestro, olvidamos el anterior y todo lo que en él había; no miramos atrás, jamás, nos conformamos con darle unas monedas al pobre que está en la esquina de la calle y pensar que el mundo, de todos modos, no puede ser arreglado por ti solo. Y nuestra conciencia se queda tranquila, porque es lo “normal”, porque nadie puede pretender cambiar el mundo, porque pensar que puedes mejorar las cosas que hay a tu alrededor aunque eso no conlleve, necesariamente, mejorar tú mismo, es de idiotas, porque ayudar al prójimo es una pérdida de esfuerzo y tiempo que jamás será devuelto, porque si no lo hacen por ti tú no vas a hacerlo por nadie...
Confiamos en una justicia injusta, excusando sus faltas porque “nadie es perfecto”, un sistema de leyes en el que gana siempre el que mejor la conoce, porque “el que hace la ley, hace la trampa”, un sistema que hace aguas y que nadie se molesta en rasgas, con miedo, siempre miedo, miedo a ser diferentes, a saltarnos las normas por un momento, a seguir nuestro instinto humano, ese que tan dormido está estos últimos siglos, miedo a sentir algo más que conformidad, miedo a entregarnos a otra persona, miedo; a que te tachen de distinto, de antisocial, a que te marginen, a que te den de lado; sin llegar a darnos cuenta de que, tal vez, a veces el margen es lo más seguro, allí nunca te arrastrará la corriente.

Y nos unimos a los demás a la hora de denunciar, señalar, insultar y criticar a aquel que sí lo ha conseguido, que ha abierto los ojos, que se ha rebelado y ahora es “distinto”, que marca su personalidad en cada paso que da, en cada acto que realiza, que grita “¡basta!”, que renuncia a una vida cómoda en favor de una vida mejor, tal vez más difícil pero sí más suya, con la conciencia limpia, con el alma libre y la mente despierta. Y en el fondo le envidiamos, porque él sí lo ha conseguido, porque él llegará a un lugar que nosotros ni siquiera podremos imaginar. Porque ha luchado contra el miedo y lo ha vendido. Y bajo el dedo acusador y el cartel de “loco”, “demente”, “enfermo” que le hemos colgado, escondemos nuestro verdadero deseo, esas ganas de ser libres también, y agachamos la cabeza y regresamos a la fila, no vaya a ser que nos perdamos, y tratamos de olvidar lo que hemos visto para volver a convencernos de que así somos mejores, de que ser “Normal” es lo lógico y natural, y que no merece la pena luchar, aunque el premio sea la verdadera felicidad de ser absolutamente distinto y especial de verdad...

Iguales pero distintos

Sin embargo, Miguel hace una aportación clara: todos somos diferentes, y la escuela debería tener en cuenta estas diferencias a la hora de proponer cualquier tipo de currículum. No somos entes homogéneos por mucho que se empeñen en que lo seamos, por mucho que traten de borrar esas diferencias. Nos bombardean con el tema de la igualdad todos los días, pero nunca matizan la realidad de dicho término y las diferencias que ese término implica.

Dicen que todos somos iguales, pero mienten. No lo somos ni lo queremos ser. Al menos no en el sentido homogeneizador que la escuela pretende inculcar a los chicos desde que entran en ella, cuan embudo que condena a repetir en la madurez las diferencias sociales que se viven de niño, sin posibilidad de cambio.
Sí, todos querríamos tener los mismos derechos, todos deberíamos gozar de las mismas oportunidades, todos, obligadamente, somos seres humanos. Pero aparte de eso, nuestra igualdad es una farsa, una hipocresía barata que tratan de vendernos aunque ninguno de nosotros nos la creamos. Y, en realidad, todos deseamos con toda el alma ser distintos a los demás, de hecho, nos pasamos la vida luchando por ello: ser el más alto, el más guapo, el que más corre, el que mejor salta, el que mejores notas sacas, el más travieso, el más popular; el mejor en dibujo, el mejor en matemáticas, el mejor en lengua… Sabemos que no somos perfectos y nos esforzamos enormemente por conseguir destacar en algo, en tener algo que nos distinga de los demás, ese algo que te hace ser una persona “especial”. Pobres de nosotros, ignoramos que por el simple hecho de ser nosotros mismos ya somos especiales, únicos, irrepetibles.

¿Qué le ocurre a la escuela desde que nació? ¿Por qué obvia este detalle esencial que “marca la diferencia”? Desde pequeños se nos dice que necesitamos estudiar para llegar a ser “algo” en la vida, que quisiera saber yo de qué algo se trata; sin embargo, la escuela cierra las puertas de ese futuro a todos aquellos que molestan, que se mueven, que se rebelan contra el sistema que pretende hacernos corderos sin criterio propio, siguiendo a una manada, formando parte de un grupo homogéneo, igual, donde destacar, ya sea por defecto o por exceso, siempre será castigado y lo será del modo más cruel existente para el ser social que es el ser humano: marginándolo, señalándolo con ese “dedo acusador de la escuela” que nos miente, que no nos llevará a ningún sitio nuevo, que no nos abrirá más puertas de las que ya nos abrió nuestra posición social por el simple hecho de nacer en un lugar u otro. La escuela, desde sus orígenes, se convirtió en una especie de embudo doble, dos triángulos de vértices opuestos; donde todas las clases sociales entran y se mezclan, conviven y “aprenden”, pero, curiosamente, tras la educación, vuelven a disgregarse, y los pobres siguen siendo pobres, y los ricos siguen ocupando las mejores plazas de trabajo. ¿Qué ofrece entonces la educación? Falsas promesas de integración social que queremos creer porque sino, ¿qué esperanza nos queda?

El diagnóstico y las etiquetas

Uno de los puntos fundamentales a la hora de hablar de inclusión es el tema de las etiquetas. La escuela, con ese afán diagnosticador, no duda en catalogar al alumnado según ciertos estándares que no existen más que en el manual.

No nos sorprendamos, esto no es sólo cosa de la escuela. Cuando alguien nace “especialmente diferente”, siempre aparece el diagnóstico, fuera y dentro de la escuela, esos papeles que nos da el médico seguro de su verdad absoluta, olvidando a la persona, olvidando que detrás de ese “paralítico”, “sordo” o cualquier otra “necesidad educativa especial” hay un niño, una niña; un alma, en definitiva, dispuesta a aprender, deseosa de ser parte de la sociedad, con ganas de amar y ser amado, de ser persona.

Todos tenemos etiquetas, “el empollón”, “el vago”, “el gordo”, “el guapo”… Pero unas etiquetas pesan más que otras. Y es que, una vez etiquetado como un ser “anormal”, ya nadie puede mirarte a los ojos sin pensar en lo que eres y no en quién eres; y ya no hay oportunidad para el cambio. Eres esto y, por tanto, tu capacidad está limitada por ello. Da igual cuánto te esfuerces, los medios que se pongan. Lo que eres te limitará por vida y te perseguirá cuán lápida pesada sobre los hombros.

Nosotros, los maestros y profesores, los propios orientadores, tenemos que dar ese primer paso hacia la integración real, tenemos que “descolgar” el cartel médico que grita: “Diferente”, ver más allá, no permitir que nadie quede aprisionado por lo que los demás piensen de él, al menos, no sin antes tener la oportunidad de mostrar quién es realmente, de desnudar lentamente su alma, de despojarse, una a una, de las capas de piel que esconden la esencia de todo ser humano.

¿Cómo hacerlo? En primer lugar, despojándonos del corsé de la indiferencia, que nos hace desentendernos rápidamente de cualquier niño que “amenace” con el clima natural de la clase; atendiendo las necesidades de todos y cada uno de los alumnos, pues no olvidemos nunca que siempre serán diferentes y que en esa diferencia, como dice Melero, está “la oportunidad de aprender”.

En segundo lugar desechando, en la medida de lo posible, el diagnóstico como algo imprescindible, dejarlo de lado y dejar, con él, las pretensiones y prejuicios que él origina, ya sea por defecto (“yo no estoy preparado para enseñar a este niño”, “esto es cosa de los maestros de educación especial”), ya sea por exceso, (ese sentimiento tan  contradictorio llamado lástima que no es más que “un paraguas que indica, a ti y a los demás, que algo no va bien”).

No permitir nunca, jamás, que el diagnóstico sea el pronóstico del futuro de nadie.

Integración o inclusión

Dos términos tan de moda hoy día y que pocos saben realmente cómo utilizar. Integrar al alumnado “especial” en las clases “normales” (sigamos utilizando la terminología popular, así se observará aún más la paradoja de todo esto) supuso, tan sólo, abrirles las puertas del centro, nada más. Sentarlos en una clase con el resto de sus compañeros y luego… nada. El alumnado entró en la escuela, sí, pero ¿para qué=?
La inclusión que no se base en principios de igualdad a partir de las diferencias propias de cada uno siempre quedará reducida a una falsa integración en la clase que no deja de recordar a una inserción forzada de un alumno en una clase donde la mayor parte del tiempo será ignorado, de la cual será sacado algunas horas para “poder enseñarle algo” y donde nunca conseguirá librarse de su etiqueta, de esa marca que hace que todos los compañeros sepan que es “el raro”; terminando por convertirse en víctima de una exclusión definitiva disfrazada de buenas intenciones.

Y es que actualmente está muy de moda el término integración, y a todos se nos llena la boca con ella; parece que el simple hecho de que en los colegios ya puedan entrar todos los chicos, “sean como sean”, es suficiente. En primer lugar, habría que preguntarse en qué momento la escuela, esa entidad abierta para todos, educadora, promotora de los valores de la sociedad a las generaciones futuras, encontró el derecho a cerrar sus puertas a ciertos grupos de niños sólo por no encajar con lo que ellos establecieron en sus cánones de “normalidad”. En segundo lugar, sería interesante preguntarse en qué condiciones la escuela “reabrió” sus puertas al mundo, qué condiciones se dan actualmente, para qué lucharon esos padres y esas personas si la “educación para todos” al final quedó en simple papel mojado, en una especie de “chupete” para acallar los berridos de una sociedad que se indignaba ante las injusticias de la escuela.

Sí, hoy en día los chicos sordos pueden estar en colegios”normales” pero, ¿qué les ofrecen allí? ¿Existe un maestro que sepa la lengua de signos? ¿Alguien puede comunicarse con ellos y lograr que la comunicación sea efectiva? ¿O se convierten en simple estatuas espectadoras de un mundo que acaba por serles ajeno?
Sí, hoy en día los deficientes visuales pueden entrar en la escuela pero, ¿qué medidas se toman? ¿Algún maestro se molesta siquiera en escribir las letras más grandes en la pizarra? ¿A alguien le importa que subir las escaleras suponga todo un esfuerzo para ellos? ¿Alguien les hace sentirse uno más? No, nadie, porque realmente nadie piensa que sean uno más, que puedan serlo, son los “ciegos”, una etiqueta como otra cualquiera que define bien su carencia (que no ven o que tienen dificultades visuales) pero no quiénes son o qué capacidades tienen. Siempre en negativo.

Nuestra labor como futuros engranajes de la escuela ha de ser, entre otras, tratar de lograr que la integración sea más que crear “niños-mueble” que no molesten en clase y que “parezca”, pero sólo parezca, que están ahí como los demás, pero que realmente es como si no estuvieran.

Tú puedes hacerlo

Y es que es nuestra labor, nos guste o no. Estoy cansada de escuchar excusas: “qué puedo hacer yo, que soy sólo un maestro.” “Mientras lo de arriba no cambie…” “Si entro de Orientadora en un sitio, por mucho que quiera tendré que ceñirme a lo que me mande la normativa de ese sitio.”

No nos engañemos. Somos nosotros ya, los de abajo, los que trabajamos mano a mano con estos niños, los que tenemos que comenzar a cambiar, a hacer algo. Nadie vendrá de arriba para decirnos cómo ni cuándo, nadie nos va a solucionar “el problema”. El problema, que no es más que entender que las necesidades especiales de los niños no son más que necesidades de la escuela, que se resiste a cambiar, que permanece anclada en un pasado remoto incapaz de aceptar nuevas propuestas, está en nuestras manos. Sí, ya lo dice Melero, “No liguemos las dificultades de aprendizaje a las personas, sino al currículum.”

Entendamos, de una vez por todas, que no son los chicos los que deben adecuarse a un currículum rígido que les es ajeno por completo, sino que ese currículum es el que debe adecuarse a cada uno de ellos, amoldándose a cómo son, a lo que necesitan, a lo que pueden dar. No sabemos lo que es un niño ni lo que puede dar de sí, y si nos empeñamos en seguir con esta farsa y cruzarnos de brazos, nunca lo sabremos. Perderíamos grandes músicos, grandes poetas, grandes médicos y arquitectos; pero, sobre todo, y esta sería la mayor pérdida, perderíamos seres humanos.

Recuerdo algunos ejemplos estremecedores de mi época de estudiante de Magisterio. ¿Quién podía esperar nada de Helen Keller? Una niña sorda y ciega cuyos padres consideraban necesario permitir todo, porque “pobrecilla, encima que tiene lo que tiene…” ¿Quién esperaba de aquella “bestia”, aquel niño salvaje al que bautizaron como “Victor de l´Aveyron”, aprendiera a ser un poco más social dentro de los límites que imponía sus años de “salvaje”? ¿Quién creería que un hombre sordo y ciego tiene una mujer, una hija y un trabajo con responsabilidades de verdad; coge un autobús cada día, camina solo por la calle, y logra llegar sano y salvo a casa? Nadie. Y, para que aprendieran, para llegar a ser alguien en la vida, sólo requerían alguien que creyera en sus posibilidades, alguien que viera más allá de la enfermedad, de la minusvalía, de la carencia; alguien que llegara a la esencia humana.

Anna Sullivan consiguió hacerlo, se identificó, en parte, con la niña, no aceptó de ella nada que no aceptaría de cualquier otro niño, la hizo aprender a comportarse y a respetar a los demás, y a partir de ahí, de su trato con ella como una persona “de verdad”, logró que aprendiera, que entendiera el mundo con sus manos. El doctor Itard acogió a Víctor más por curiosidad que por fe en el chico, al cual ya habían catalogado de “idiota”, alguien “del que no se puede esperar más”, quedando encerrado para siempre en su etiqueta, esta vez la de un niño que no sabe ni podrá saber, cuando la única razón para su falta de sabiduría es la falta de fuentes que se la proporcionaran, la falta de socialización en la que se cría. Itard desea enseñarle, sí, y poco a poco va descubriendo cualidades que ignoraba del chico, pero desde un plano médico, y Madame Guérin le enseña, sin saber, desde el plano humano; es ella la que le dio la oportunidad de sentirse persona, de conocer el amor, el cariño y la preocupación. Y Daniel Álvarez, en la historia que nos se nos relata de su vida en “El mundo en sus manos”, nos habla de experiencias que podrían parecer increíbles; una vida que, como bien dice el texto, “consideraríamos como normal si lo normal no nos pareciera tan opaco”. Vive, como bien nos dice el autor, encerrado en su cuerpo, dependiendo continuamente del tacto con otros para conocer el mundo, de “cartulinas de comunicación” para poder realizar actividades tan cotidianas como subir a un autobús o cruzar la acera; y sin embargo, goza de una autonomía envidiable, de unas ganas de ser independiente impresionantes y de una familia que le quiere y le respeta; aunque a veces la sociedad les haga sentir “en una isla con él”. ¿Alguien hubiera apostado por ello en la escuela? No.

No les pongamos barreras a esos chicos que tanto nos pueden dar, al menos, no más de las que la propia vida a todos nos pone.

Nadie dijo que fuera fácil

Por supuesto que lo sencillo sería llegar a clase, sentarnos y hacer “lo que siempre se ha hecho”, libro de texto en mano y corazón… ¿Dónde escondemos el corazón ante los ojos suplicantes de un crío que sólo desea aprender y ser “uno más”? Pero es que nadie dijo que esta profesión fuera fácil, que bastara con tener dos o tres conocimientos básicos y una carrera. Y, si alguien lo cree, está equivocado. Para ser buenos maestros, profesores, orientadores… tenemos que tener ilusión, ganas, fuerzas. Un buen profesional de la educación no puede rendirse sin pelear ni conformarse con que sus enseñanzas lleguen sólo a unos pocos. Que un niño inteligente aprenda no tiene apenas mérito, podría haberlo conseguido por sí sólo con unos pocos medios; lo realmente meritorio, y aquí radica la dificultad del buen maestro, es que todos sus alumnos aprendan de verdad. De nosotros dependen muchos niños, y de nuestra actuación podrían derivar los hechos más importantes de su vida futura.

Sin embargo, en nuestra sociedad las diferencias están mal vistas, y así se inculca a los chicos desde que son pequeños, señalando al distinto como un “bicho raro”, como alguien que no va a aprender normalmente, como alguien que jamás podrá tener la oportunidad de ser como los demás. Dicen que lo complicado es poder atender a las necesidades de cada niño, que eso sería volverse loco pero, ¿acaso no es mucho más difícil conseguir que 25 niños, cada uno de un padre y de una madre, cada uno con una situación social distinta, una vida distinta, una forma de ser distinta, se amolden a un sistema y aprendan exactamente lo mismo, al mismo ritmo y del mismo modo? Para mí el milagro sería esto último, y no lo primero.

Escuelas deficientes

De hecho, el fracaso escolar deriva, en muchas ocasiones, de esta incapacidad de la escuela en adaptarse a los niños y, por tanto, del requerimiento que se hace por el cual son los chicos los que han de adaptarse, todos, al modelo que impone la escuela. Y este modelo está fijado con determinadas pautas fijas, inamovibles, rígidas, que responden a un prototipo de sociedad: la sociedad media-alta, blanca, con una lengua determinada, (en nuestro caso, el español) y de niños sin ningún tipo de “minusvalía” (una vez escuché a un discapacitado que prefiere esta segunda acepción, porque discapacidad define que no tienen capacidad para hacer algo, lo cual es cierto, no pueden ver, andar, oír… pero minusvalía encierra en su definición un desprecio a su valor, porque valen menos) o “deficiencia”, como si esto fueran “taras” o “defectos”.   

Claro, si ese modelo impuesto es el tuyo propio, siempre juegas con ventaja. Los “otros”, los que “marcan la diferencia”, será siempre los que salgan perdiendo, los que serán acusados por la escuela como “vagos”, “inadaptados”, “incompetentes”, “subnormales”. Tal vez habría que mirar un poco dentro del sistema escolar antes de culpar a los chicos de sus supuestas “deficiencias”.

Y, evidentemente, si no somos capaces de aceptar, de educar, de integrar a todos los que forman parte de ese “nosotros” ideal, ¿cómo integrar a chicos extranjeros, como asimilar el abismo cultural que ello supone?
El abismo que nos separa de todas las personas que son “distintas” con respecto a la norma, a lo que consideramos “normal”; es la ignorancia, el no saber qué les ocurre, qué piensan, qué sienten; y esa ignorancia nos ahora y nos impide ver la realidad más allá de la “diferencia”, del estigma que les perseguirá para siempre. Conocer es la clave para respetar y aceptar, y nosotros, los maestros, debemos ser los promotores de ese conocimiento.

Escucha mi voz: la súplica silenciada

Y para conocer basta con realizar una sencilla acción que se nos escapa en tantas ocasiones… Basta con escuchar. “Escucha mi voz”, nos piden esos chicos a los que tachan, a los que etiquetan; “escúchame y atiende a lo que te pido”. Pero no los escuchamos. Es tan sencillo darles fichas para que las coloreen, entretenerles para que no molesten, seguir con un ritmo “normal” en la clase para que lo siga quien pueda, (y quien no pueda, mala suerte); que molestarnos en escuchar, en parar un segundo, en atender las peticiones de todos nuestros alumnos y tratar de cubrir sus necesidades. El currículum es lo más importante, “es lo que tenemos que cumplir”, “es lo que nos marca la ley.” Convertimos así a los alumnos en simples espectadores pasivos de su aprendizaje que nada tienen que decir, que nada tienen que aportar, y aquellos que quedan atrás son abandonados, como “víctimas” de guerra, como “daños colaterales” necesarios para que el resto de la clase pueda seguir adelante.

Nos equivocamos. Y las consecuencias de este error son niños condenados a no aprender, a estar marginados y sentirse marginados, que es aún peor; a sentirse para siempre distintos y frustrados, a ser señalados por los demás, a no encontrar sitio en una sociedad que les desprecia sin preocuparse por ver quiénes son realmente, porque ya es tarde, porque deberíamos haberlo descubierto antes, cuando aún eran niños, cuando tenían tanto que ofrecer, cuando aún no se veían como seres distintos condenados a no encajar nunca., aún cuando la función de la escuela es, precisamente, erradicar esas diferencias injustas de la sociedad, es darle una oportunidad a todos los niños, la oportunidad de vivir, de hacerlo en sociedad y, sobre todo, de ser feliz; porque hacer feliz a un niño debe ser un premio para nosotros y un objetivo primordial a conseguir.

Conclusión

 “Los niños y las niñas”, como dice “La pedagogía del éxito”,  “no son recipientes vacíos que hay que llenar, sino personas con unos conocimiento y con unas vivencias que debemos valorar y aprovechar en beneficio de su propio aprendizaje”. Niños distintos, niños iguales. Niños que quieren aprender y niños que, tal vez, no lo deseen. Niños que esperan de ti que los entiendas, que los escuches, que les des lo que necesitan. Niños que, desde luego, no responden a pautas fijas, a comportamientos determinados, a una organización basada en el libro de texto. Niños que, tendrán días buenos y días malos; momentos tranquilos y momentos inquietos; con una vida fuera de la escuela que deberíamos tratar de conocer para poder comprenderles mejor y adaptarnos a sus necesidades. Niños que, en definitiva, no son más que personas en busca de un futuro, del sueño de todo ser humano: vivir con los demás y ser respetados y queridos por otros tal y como somos, con nuestras virtudes y deficiencias, pues son éstas las que nos hacen a todos únicos, especiales.
Yo, desde mi humilde posición, sólo espero que esto sea posible algún día. Que la educación sea una realidad para todos. Que no haya discriminación ni marginación. Que todos seamos iguales aunque, cómo no, nunca dejemos de ser diferentes. Repitiendo una frase que ya dejé en algún otro sitio y que va acorde con este blog, que todos consigamos lograr nuestro sueño, ser buenos maestros, profesores, orientadores… y serlo de verdad. Y que la palabra integración pierda parte de su sentido, porque ya nadie entienda qué hay que integrar, quiénes son los niños “integrables”, quiénes son los “normales”; que todos formemos parte de un sistema educativo que nos abra los brazos a todos y a todas; que desaparezcan las etiquetas, que comencemos a vernos, por fin, como seres humanos. “Ciudadanos de un lugar llamado mundo.”

Referencias bibliográficas

Calvo Soto, M; Gertrúdix Romero de Ávila, S. (2006). La pedagogía del éxito. Aulas libres. Nº84  pp 17-19. Recuperado de http://www.doredin.mec.es/documentos/00820103000104.pdf

López Melero, M.  (2007). La escuela inclusiva: construyendo comunidades de convivencia y aprendizaje. Conferencia. Recuperado de http://hortasso2.files.wordpress.com/2010/07/la-escuela-inclusiva.pdf

Millas, J.J. (2008). El mundo en sus manos. El País, Reportajes: Vidas al límite. Recuperado de: http://elpais.com/diario/2008/02/03/eps/1202023613_850215.html

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