Introducción
Creo la cuestión de
la inclusión, de la que se habla fundamentalmente en los textos de Miguel López
Melero y todos los relacionados con el proyecto ROMA (del que ahora no voy a
hablar), incluyen numerosos puntos sobre los que no estaría de más reflexionar.
Me gustaría con este pequeño “informe reflexivo” dejar mi pequeña aportación al
tema, basándome en estas lecturas y en otras que tuve la oportunidad de
disfrutar en otros momentos de mi vida, y que todos los que compartan la
lectura de esto se paren también a pensar sobre determinados términos o cosas que
damos por hecho y que tanto chocan con lo que realmente somos o queremos ser.
Ser Normal
Miguel nos habla de
que hay dos tipos de alumnado: el “normal” y el que no lo es, el “especial”, y
nos cuenta cómo se ha trabajado desde numerosos ámbitos para lograr clasificar
fielmente así al alumnado y, en definitiva, a las personas. Lo leemos y creemos
entender lo que significa esto pero, ¿lo hacemos de verdad? ¿Qué implica esto
de la normalidad?
Ser normal, seguir
la norma, esas leyes impuestas por seres ajenos a nosotros que pretenden que
veamos en sus pautas de vida nuestra vida propia. Seres que, desde su cómoda
posición de poder, juegan con nosotros cuán muñecos de títeres, moviendo los hilos,
agachando nuestras cabezas, pisoteando nuestra voluntad. Y que, pese a la
dificultad de su tarea, lo consiguen. Hacen que nos dobleguemos a su antojo,
que hagamos lo que la “norma” dice. Han conseguido interiorizar en nosotros sus
propios valores y, aunque no dejamos de rebelarnos contra ellos, no podemos
evitar que, tras ese pequeño acto de rebeldía que no es más que un triste
vestigio de nosotros mismos, nos persiga un eterno sentimiento de culpabilidad,
“somos distintos” “¿por qué a mí?” “Daría lo que fuera por ser normal.”
Un coche normal, un
trabajo normal, una vida normal... Es a lo que aspiramos todos. Pero ninguno de
nosotros se ha parado a pensar lo que la palabra normal conlleva. Si somos
todos seres humanos y somos todos diferentes, ¿quién es el ejemplo de
normalidad al que queremos imitar? ¿Por qué una religión, un ideal, una sola
palabra puede ser el determinante de ser normal? Tú sí, tú no. Y luchamos, como
ganado sumiso, por llegar a ser normal del todo, por no errar el camino, por no
tomar el atajo equivocado, por no salirnos de la fila, por seguirnos unos a
otros sin mirar atrás o a los lados, sólo adelante, siempre adelante, como si
hubieran borrado todo lo demás; tachándolo de pecado, de inmoral, de
irracional, de locura, de... anormal.
Miramos la
televisión, envidiando a aquellos que lucen marcas caras y pinturas hermosas,
aquellos cuerpos de estatuas idílicas, esos vestidos de cuentos de hadas... y
suspiramos, envidiosos de no poder ser ellos, porque ellos son lo más de lo
más, porque llevar esas marcas es a lo que todos deberíamos aspirar, (de hecho,
algunos se resisten a tener ropa que no lleve impreso algún nombre conocido de
una persona que, en el fondo, es un total desconocido), porque lucir esos
vestidos y ese maquillaje, porque comprar esos cuerpos moldeados al antojo del
poseedor y el cirujano de turno es algo que todos debemos desear, que aunque no
todos podemos conseguir, sí todos debemos anhelar y tratar de logar.
Criamos a nuestros
hijos en nuestros propios ideales, regañándoles cuando se salen de aquello que
es “normal”, asustándonos, incluso, porque nadie quiere ser señalado con el
dedo, porque nadie quiere que señalen a sus hijos, porque no queremos que les
hagan daño y eso les harán si dejan de ser “normales”, si toman su propio
camino, y nos engañamos a nosotros mismos cuando les castigamos, pensando que
es lo mejor, que así aprenderán, sí, ¿pero qué aprenderán? ¿A ser copias
exactas de nosotros mismos? Y, ¿de quién somos copias nosotros? Y los engañamos
a ellos, diciéndoles que son especiales, pero no les dejamos serlo, los
encauzamos por el río de la “normalidad”, “ten cuidado, hijo, esto no se hace,
esto no se toca, esto no se dice, eso no se piensa...” Algo así como lo que vimos en el Pesta, de que
el adulto refleja sus miedos en el niño.
No saciamos del
todo su curiosidad y no dejamos que ellos la sacien, porque puede ser
peligroso, para ellos y para nosotros, porque la sociedad no permite
determinadas “anormalidades”, porque serán más felices así. Tal vez sí. Pero no
serán ellos mismos nunca. Vivirán en una eterna mentira, creyendo que son
felices, que hacen lo que quieren, sin notar siquiera la presencia de finos
hilos atados a sus brazos, a sus piernas, a su mente, a su alma, que van
dirigiendo, sin saberlo, su destino. Ése que, ciegamente, ellos creen crear.
Los dejamos crecer
solos en casa, cada vez más desatendidos, “toma la tele”, “juega con la play”,
les atiborramos a máquinas futuristas que les permiten jugar solos, y luego
pretendemos que acaten las reglas de un juego mucho más complejo, mucho más
social: la vida; y nos enfadamos si no lo logran; olvidando que viven solos,
que juegan solos, que en su mundo tienen sus propias reglas; obviando el amor y
el cariño que les debemos, que nos piden con sus ojillos; relegando ese papel a
los demás, a sus amigos, a los profesores, a los abuelos, a “su madre, que
tiene más tiempo”, a una niñera que ni siquiera conocen...
Soñamos con ser
ricos, una lotería, un cupón, un trabajo mejor que nos dé más; para seguir
escalando socialmente, sin preocuparnos de quién se queda atrás, sin mirar
nunca para abajo, no vaya a ser que se nos pegue algo y no, eso sí que no,
nadie quiere postrarse ante los que están peor que ellos; siempre nos
comparamos con lo mejor, ambiciosos, egoístas, y en cuando alcanzamos un nivel
superior al nuestro, olvidamos el anterior y todo lo que en él había; no
miramos atrás, jamás, nos conformamos con darle unas monedas al pobre que está
en la esquina de la calle y pensar que el mundo, de todos modos, no puede ser
arreglado por ti solo. Y nuestra conciencia se queda tranquila, porque es lo
“normal”, porque nadie puede pretender cambiar el mundo, porque pensar que
puedes mejorar las cosas que hay a tu alrededor aunque eso no conlleve,
necesariamente, mejorar tú mismo, es de idiotas, porque ayudar al prójimo es
una pérdida de esfuerzo y tiempo que jamás será devuelto, porque si no lo hacen
por ti tú no vas a hacerlo por nadie...
Confiamos en una
justicia injusta, excusando sus faltas porque “nadie es perfecto”, un sistema
de leyes en el que gana siempre el que mejor la conoce, porque “el que hace la
ley, hace la trampa”, un sistema que hace aguas y que nadie se molesta en
rasgas, con miedo, siempre miedo, miedo a ser diferentes, a saltarnos las
normas por un momento, a seguir nuestro instinto humano, ese que tan dormido
está estos últimos siglos, miedo a sentir algo más que conformidad, miedo a
entregarnos a otra persona, miedo; a que te tachen de distinto, de antisocial,
a que te marginen, a que te den de lado; sin llegar a darnos cuenta de que, tal
vez, a veces el margen es lo más seguro, allí nunca te arrastrará la corriente.
Y nos unimos a los
demás a la hora de denunciar, señalar, insultar y criticar a aquel que sí lo ha
conseguido, que ha abierto los ojos, que se ha rebelado y ahora es “distinto”,
que marca su personalidad en cada paso que da, en cada acto que realiza, que
grita “¡basta!”, que renuncia a una vida cómoda en favor de una vida mejor, tal
vez más difícil pero sí más suya, con la conciencia limpia, con el alma libre y
la mente despierta. Y en el fondo le envidiamos, porque él sí lo ha conseguido,
porque él llegará a un lugar que nosotros ni siquiera podremos imaginar. Porque
ha luchado contra el miedo y lo ha vendido. Y bajo el dedo acusador y el cartel
de “loco”, “demente”, “enfermo” que le hemos colgado, escondemos nuestro verdadero
deseo, esas ganas de ser libres también, y agachamos la cabeza y regresamos a
la fila, no vaya a ser que nos perdamos, y tratamos de olvidar lo que hemos
visto para volver a convencernos de que así somos mejores, de que ser “Normal”
es lo lógico y natural, y que no merece la pena luchar, aunque el premio sea la
verdadera felicidad de ser absolutamente distinto y especial de verdad...
Iguales pero distintos
Sin embargo, Miguel
hace una aportación clara: todos somos diferentes, y la escuela debería tener
en cuenta estas diferencias a la hora de proponer cualquier tipo de currículum.
No somos entes homogéneos por mucho que se empeñen en que lo seamos, por mucho
que traten de borrar esas diferencias. Nos bombardean con el tema de la
igualdad todos los días, pero nunca matizan la realidad de dicho término y las
diferencias que ese término implica.
Dicen que todos
somos iguales, pero mienten. No lo somos ni lo queremos ser. Al menos no en el
sentido homogeneizador que la escuela pretende inculcar a los chicos desde que
entran en ella, cuan embudo que condena a repetir en la madurez las diferencias
sociales que se viven de niño, sin posibilidad de cambio.
Sí, todos
querríamos tener los mismos derechos, todos deberíamos gozar de las mismas
oportunidades, todos, obligadamente, somos seres humanos. Pero aparte de eso,
nuestra igualdad es una farsa, una hipocresía barata que tratan de vendernos
aunque ninguno de nosotros nos la creamos. Y, en realidad, todos deseamos con
toda el alma ser distintos a los demás, de hecho, nos pasamos la vida luchando
por ello: ser el más alto, el más guapo, el que más corre, el que mejor salta,
el que mejores notas sacas, el más travieso, el más popular; el mejor en
dibujo, el mejor en matemáticas, el mejor en lengua… Sabemos que no somos
perfectos y nos esforzamos enormemente por conseguir destacar en algo, en tener
algo que nos distinga de los demás, ese algo que te hace ser una persona
“especial”. Pobres de nosotros, ignoramos que por el simple hecho de ser
nosotros mismos ya somos especiales, únicos, irrepetibles.
¿Qué le ocurre a la
escuela desde que nació? ¿Por qué obvia este detalle esencial que “marca la
diferencia”? Desde pequeños se nos dice que necesitamos estudiar para llegar a
ser “algo” en la vida, que quisiera saber yo de qué algo se trata; sin embargo,
la escuela cierra las puertas de ese futuro a todos aquellos que molestan, que
se mueven, que se rebelan contra el sistema que pretende hacernos corderos sin
criterio propio, siguiendo a una manada, formando parte de un grupo homogéneo,
igual, donde destacar, ya sea por defecto o por exceso, siempre será castigado
y lo será del modo más cruel existente para el ser social que es el ser humano:
marginándolo, señalándolo con ese “dedo acusador de la escuela” que nos miente,
que no nos llevará a ningún sitio nuevo, que no nos abrirá más puertas de las
que ya nos abrió nuestra posición social por el simple hecho de nacer en un
lugar u otro. La escuela, desde sus orígenes, se convirtió en una especie de
embudo doble, dos triángulos de vértices opuestos; donde todas las clases
sociales entran y se mezclan, conviven y “aprenden”, pero, curiosamente, tras
la educación, vuelven a disgregarse, y los pobres siguen siendo pobres, y los
ricos siguen ocupando las mejores plazas de trabajo. ¿Qué ofrece entonces la
educación? Falsas promesas de integración social que queremos creer porque
sino, ¿qué esperanza nos queda?
El
diagnóstico y las etiquetas
Uno de los puntos fundamentales a la hora de hablar
de inclusión es el tema de las etiquetas. La escuela, con ese afán diagnosticador,
no duda en catalogar al alumnado según ciertos estándares que no existen más
que en el manual.
No nos sorprendamos, esto no es sólo cosa de la
escuela. Cuando alguien nace “especialmente diferente”, siempre aparece el
diagnóstico, fuera y dentro de la escuela, esos papeles que nos da el médico seguro de su verdad
absoluta, olvidando a la persona, olvidando que detrás de ese “paralítico”,
“sordo” o cualquier otra “necesidad educativa especial” hay un niño, una niña;
un alma, en definitiva, dispuesta a aprender, deseosa de ser parte de la
sociedad, con ganas de amar y ser amado, de ser persona.
Todos tenemos
etiquetas, “el empollón”, “el vago”, “el gordo”, “el guapo”… Pero unas
etiquetas pesan más que otras. Y es que, una vez etiquetado como un ser “anormal”,
ya nadie puede mirarte a los ojos sin pensar en lo que eres y no en quién eres;
y ya no hay oportunidad para el cambio. Eres esto y, por tanto, tu capacidad
está limitada por ello. Da igual cuánto te esfuerces, los medios que se pongan.
Lo que eres te limitará por vida y te perseguirá cuán lápida pesada sobre los
hombros.
Nosotros, los
maestros y profesores, los propios orientadores, tenemos que dar ese primer
paso hacia la integración real, tenemos que “descolgar” el cartel médico que
grita: “Diferente”, ver más allá, no permitir que nadie quede aprisionado por
lo que los demás piensen de él, al menos, no sin antes tener la oportunidad de
mostrar quién es realmente, de desnudar lentamente su alma, de despojarse, una
a una, de las capas de piel que esconden la esencia de todo ser humano.
¿Cómo hacerlo? En
primer lugar, despojándonos del corsé de la indiferencia, que nos hace
desentendernos rápidamente de cualquier niño que “amenace” con el clima natural
de la clase; atendiendo las necesidades de todos y cada uno de los alumnos,
pues no olvidemos nunca que siempre serán diferentes y que en esa diferencia,
como dice Melero, está “la oportunidad de aprender”.
En segundo lugar desechando,
en la medida de lo posible, el diagnóstico como algo imprescindible, dejarlo de
lado y dejar, con él, las pretensiones y prejuicios que él origina, ya sea por
defecto (“yo no estoy preparado para enseñar a este niño”, “esto es cosa de los
maestros de educación especial”), ya sea por exceso, (ese sentimiento tan
contradictorio llamado lástima que no es más que “un paraguas que indica, a ti
y a los demás, que algo no va bien”).
No permitir nunca,
jamás, que el diagnóstico sea el pronóstico del futuro de nadie.
Integración o inclusión
Dos términos tan de
moda hoy día y que pocos saben realmente cómo utilizar. Integrar al alumnado “especial”
en las clases “normales” (sigamos utilizando la terminología popular, así se
observará aún más la paradoja de todo esto) supuso, tan sólo, abrirles las
puertas del centro, nada más. Sentarlos en una clase con el resto de sus
compañeros y luego… nada. El alumnado entró en la escuela, sí, pero ¿para qué=?
La inclusión que no
se base en principios de igualdad a partir de las diferencias propias de cada
uno siempre quedará reducida a una falsa integración en la clase que no deja de
recordar a una inserción forzada de un alumno en una clase donde la mayor parte
del tiempo será ignorado, de la cual será sacado algunas horas para “poder
enseñarle algo” y donde nunca conseguirá librarse de su etiqueta, de esa marca
que hace que todos los compañeros sepan que es “el raro”; terminando por
convertirse en víctima de una exclusión definitiva disfrazada de buenas
intenciones.
Y es que
actualmente está muy de moda el término integración, y a todos se nos llena la
boca con ella; parece que el simple hecho de que en los colegios ya puedan
entrar todos los chicos, “sean como sean”, es suficiente. En primer lugar,
habría que preguntarse en qué momento la escuela, esa entidad abierta para
todos, educadora, promotora de los valores de la sociedad a las generaciones
futuras, encontró el derecho a cerrar sus puertas a ciertos grupos de niños
sólo por no encajar con lo que ellos establecieron en sus cánones de
“normalidad”. En segundo lugar, sería interesante preguntarse en qué
condiciones la escuela “reabrió” sus puertas al mundo, qué condiciones se dan
actualmente, para qué lucharon esos padres y esas personas si la “educación
para todos” al final quedó en simple papel mojado, en una especie de “chupete”
para acallar los berridos de una sociedad que se indignaba ante las injusticias
de la escuela.
Sí, hoy en día los
chicos sordos pueden estar en colegios”normales” pero, ¿qué les ofrecen allí?
¿Existe un maestro que sepa la lengua de signos? ¿Alguien puede comunicarse con
ellos y lograr que la comunicación sea efectiva? ¿O se convierten en simple
estatuas espectadoras de un mundo que acaba por serles ajeno?
Sí, hoy en día los
deficientes visuales pueden entrar en la escuela pero, ¿qué medidas se toman?
¿Algún maestro se molesta siquiera en escribir las letras más grandes en la
pizarra? ¿A alguien le importa que subir las escaleras suponga todo un esfuerzo
para ellos? ¿Alguien les hace sentirse uno más? No, nadie, porque realmente
nadie piensa que sean uno más, que puedan serlo, son los “ciegos”, una etiqueta
como otra cualquiera que define bien su carencia (que no ven o que tienen
dificultades visuales) pero no quiénes son o qué capacidades tienen. Siempre en
negativo.
Nuestra labor como
futuros engranajes de la escuela ha de ser, entre otras, tratar de lograr que
la integración sea más que crear “niños-mueble” que no molesten en clase y que
“parezca”, pero sólo parezca, que están ahí como los demás, pero que realmente
es como si no estuvieran.
Tú
puedes hacerlo
Y es que es nuestra
labor, nos guste o no. Estoy cansada de escuchar excusas: “qué puedo hacer yo,
que soy sólo un maestro.” “Mientras lo de arriba no cambie…” “Si entro de
Orientadora en un sitio, por mucho que quiera tendré que ceñirme a lo que me
mande la normativa de ese sitio.”
No nos engañemos.
Somos nosotros ya, los de abajo, los que trabajamos mano a mano con estos
niños, los que tenemos que comenzar a cambiar, a hacer algo. Nadie vendrá de
arriba para decirnos cómo ni cuándo, nadie nos va a solucionar “el problema”.
El problema, que no es más que entender que las necesidades especiales de los
niños no son más que necesidades de la escuela, que se resiste a cambiar, que
permanece anclada en un pasado remoto incapaz de aceptar nuevas propuestas,
está en nuestras manos. Sí, ya lo dice Melero, “No liguemos las dificultades de
aprendizaje a las personas, sino al currículum.”
Entendamos, de una
vez por todas, que no son los chicos los que deben adecuarse a un currículum
rígido que les es ajeno por completo, sino que ese currículum es el que debe
adecuarse a cada uno de ellos, amoldándose a cómo son, a lo que necesitan, a lo
que pueden dar. No sabemos lo que es un niño ni lo que puede dar de sí, y si
nos empeñamos en seguir con esta farsa y cruzarnos de brazos, nunca lo
sabremos. Perderíamos grandes músicos, grandes poetas, grandes médicos y
arquitectos; pero, sobre todo, y esta sería la mayor pérdida, perderíamos seres
humanos.
Recuerdo algunos
ejemplos estremecedores de mi época de estudiante de Magisterio. ¿Quién podía
esperar nada de Helen Keller? Una niña sorda y ciega cuyos padres consideraban
necesario permitir todo, porque “pobrecilla, encima que tiene lo que tiene…”
¿Quién esperaba de aquella “bestia”, aquel niño salvaje al que bautizaron como
“Victor de l´Aveyron”, aprendiera a ser un poco más social dentro de los
límites que imponía sus años de “salvaje”? ¿Quién creería que un hombre sordo y
ciego tiene una mujer, una hija y un trabajo con responsabilidades de verdad;
coge un autobús cada día, camina solo por la calle, y logra llegar sano y salvo
a casa? Nadie. Y, para que aprendieran, para llegar a ser alguien en la vida,
sólo requerían alguien que creyera en sus posibilidades, alguien que viera más
allá de la enfermedad, de la minusvalía, de la carencia; alguien que llegara a
la esencia humana.
Anna Sullivan
consiguió hacerlo, se identificó, en parte, con la niña, no aceptó de ella nada
que no aceptaría de cualquier otro niño, la hizo aprender a comportarse y a
respetar a los demás, y a partir de ahí, de su trato con ella como una persona
“de verdad”, logró que aprendiera, que entendiera el mundo con sus manos. El
doctor Itard acogió a Víctor más por curiosidad que por fe en el chico, al cual
ya habían catalogado de “idiota”, alguien “del que no se puede esperar más”,
quedando encerrado para siempre en su etiqueta, esta vez la de un niño que no
sabe ni podrá saber, cuando la única razón para su falta de sabiduría es la
falta de fuentes que se la proporcionaran, la falta de socialización en la que
se cría. Itard desea enseñarle, sí, y poco a poco va descubriendo cualidades
que ignoraba del chico, pero desde un plano médico, y Madame Guérin le enseña,
sin saber, desde el plano humano; es ella la que le dio la oportunidad de
sentirse persona, de conocer el amor, el cariño y la preocupación. Y Daniel
Álvarez, en la historia que nos se nos relata de su vida en “El mundo en sus
manos”, nos habla de experiencias que podrían parecer increíbles; una vida que,
como bien dice el texto, “consideraríamos como normal si lo normal no nos
pareciera tan opaco”. Vive, como bien nos dice el autor, encerrado en su
cuerpo, dependiendo continuamente del tacto con otros para conocer el mundo, de
“cartulinas de comunicación” para poder realizar actividades tan cotidianas
como subir a un autobús o cruzar la acera; y sin embargo, goza de una autonomía
envidiable, de unas ganas de ser independiente impresionantes y de una familia
que le quiere y le respeta; aunque a veces la sociedad les haga sentir “en una
isla con él”. ¿Alguien hubiera apostado por ello en la escuela? No.
No les pongamos
barreras a esos chicos que tanto nos pueden dar, al menos, no más de las que la
propia vida a todos nos pone.
Nadie
dijo que fuera fácil
Por supuesto que lo
sencillo sería llegar a clase, sentarnos y hacer “lo que siempre se ha hecho”,
libro de texto en mano y corazón… ¿Dónde escondemos el corazón ante los ojos
suplicantes de un crío que sólo desea aprender y ser “uno más”? Pero es que nadie
dijo que esta profesión fuera fácil, que bastara con tener dos o tres
conocimientos básicos y una carrera. Y, si alguien lo cree, está equivocado.
Para ser buenos maestros, profesores, orientadores… tenemos que tener ilusión,
ganas, fuerzas. Un buen profesional de la educación no puede rendirse sin pelear
ni conformarse con que sus enseñanzas lleguen sólo a unos pocos. Que un niño
inteligente aprenda no tiene apenas mérito, podría haberlo conseguido por sí
sólo con unos pocos medios; lo realmente meritorio, y aquí radica la dificultad
del buen maestro, es que todos sus alumnos aprendan de verdad. De nosotros
dependen muchos niños, y de nuestra actuación podrían derivar los hechos más
importantes de su vida futura.
Sin embargo, en
nuestra sociedad las diferencias están mal vistas, y así se inculca a los
chicos desde que son pequeños, señalando al distinto como un “bicho raro”, como
alguien que no va a aprender normalmente, como alguien que jamás podrá tener la
oportunidad de ser como los demás. Dicen que lo complicado es poder atender a
las necesidades de cada niño, que eso sería volverse loco pero, ¿acaso no es
mucho más difícil conseguir que 25 niños, cada uno de un padre y de una madre,
cada uno con una situación social distinta, una vida distinta, una forma de ser
distinta, se amolden a un sistema y aprendan exactamente lo mismo, al mismo
ritmo y del mismo modo? Para mí el milagro sería esto último, y no lo primero.
Escuelas
deficientes
De hecho, el
fracaso escolar deriva, en muchas ocasiones, de esta incapacidad de la escuela
en adaptarse a los niños y, por tanto, del requerimiento que se hace por el
cual son los chicos los que han de adaptarse, todos, al modelo que impone la
escuela. Y este modelo está fijado con determinadas pautas fijas, inamovibles,
rígidas, que responden a un prototipo de sociedad: la sociedad media-alta,
blanca, con una lengua determinada, (en nuestro caso, el español) y de niños
sin ningún tipo de “minusvalía” (una vez escuché a un discapacitado que
prefiere esta segunda acepción, porque discapacidad define que no tienen
capacidad para hacer algo, lo cual es cierto, no pueden ver, andar, oír… pero
minusvalía encierra en su definición un desprecio a su valor, porque valen menos)
o “deficiencia”, como si esto fueran “taras” o “defectos”.
Claro,
si ese modelo impuesto es el tuyo propio, siempre juegas con ventaja. Los
“otros”, los que “marcan la diferencia”, será siempre los que salgan perdiendo,
los que serán acusados por la escuela como “vagos”, “inadaptados”,
“incompetentes”, “subnormales”. Tal vez habría que mirar un poco dentro del
sistema escolar antes de culpar a los chicos de sus supuestas “deficiencias”.
Y, evidentemente,
si no somos capaces de aceptar, de educar, de integrar a todos los que forman
parte de ese “nosotros” ideal, ¿cómo integrar a chicos extranjeros, como
asimilar el abismo cultural que ello supone?
El abismo que nos
separa de todas las personas que son “distintas” con respecto a la norma, a lo
que consideramos “normal”; es la ignorancia, el no saber qué les ocurre, qué
piensan, qué sienten; y esa ignorancia nos ahora y nos impide ver la realidad
más allá de la “diferencia”, del estigma que les perseguirá para siempre.
Conocer es la clave para respetar y aceptar, y nosotros, los maestros, debemos
ser los promotores de ese conocimiento.
Escucha mi voz: la súplica
silenciada
Y para conocer
basta con realizar una sencilla acción que se nos escapa en tantas ocasiones…
Basta con escuchar. “Escucha mi voz”, nos piden esos chicos a los que tachan, a
los que etiquetan; “escúchame y atiende a lo que te pido”. Pero no los
escuchamos. Es tan sencillo darles fichas para que las coloreen, entretenerles para
que no molesten, seguir con un ritmo “normal” en la clase para que lo siga
quien pueda, (y quien no pueda, mala suerte); que molestarnos en escuchar, en
parar un segundo, en atender las peticiones de todos nuestros alumnos y tratar
de cubrir sus necesidades. El currículum es lo más importante, “es lo que
tenemos que cumplir”, “es lo que nos marca la ley.” Convertimos así a los
alumnos en simples espectadores pasivos de su aprendizaje que nada tienen que
decir, que nada tienen que aportar, y aquellos que quedan atrás son
abandonados, como “víctimas” de guerra, como “daños colaterales”
necesarios para que el resto de la clase pueda seguir
adelante.
Nos equivocamos. Y
las consecuencias de este error son niños condenados a no aprender, a estar
marginados y sentirse marginados, que es aún peor; a sentirse para siempre
distintos y frustrados, a ser señalados por los demás, a no encontrar sitio en
una sociedad que les desprecia sin preocuparse por ver quiénes son realmente,
porque ya es tarde, porque deberíamos haberlo descubierto antes, cuando aún
eran niños, cuando tenían tanto que ofrecer, cuando aún no se veían como seres
distintos condenados a no encajar nunca., aún cuando la función de la escuela
es, precisamente, erradicar esas diferencias injustas de la sociedad, es darle
una oportunidad a todos los niños, la oportunidad de vivir, de hacerlo en
sociedad y, sobre todo, de ser feliz; porque hacer feliz a un niño debe ser un
premio para nosotros y un objetivo primordial a conseguir.
Conclusión
“Los niños y las niñas”, como
dice “La pedagogía del éxito”, “no son recipientes vacíos que hay que
llenar, sino personas con unos conocimiento y con unas vivencias que debemos
valorar y aprovechar en beneficio de su propio aprendizaje”. Niños distintos,
niños iguales. Niños que quieren aprender y niños que,
tal vez, no lo deseen. Niños que esperan de ti que los entiendas, que los
escuches, que les des lo que necesitan. Niños que, desde luego, no responden a
pautas fijas, a comportamientos determinados, a una organización basada en el
libro de texto. Niños que, tendrán días buenos y días malos; momentos
tranquilos y momentos inquietos; con una vida fuera de la escuela que
deberíamos tratar de conocer para poder comprenderles mejor y adaptarnos a sus
necesidades. Niños que, en definitiva, no son más que personas en busca de un
futuro, del sueño de todo ser humano: vivir con los demás y ser respetados y
queridos por otros tal y como somos, con nuestras virtudes y deficiencias, pues
son éstas las que nos hacen a todos únicos, especiales.
Yo, desde mi
humilde posición, sólo espero que esto sea posible algún día. Que la educación
sea una realidad para todos. Que no haya discriminación ni marginación. Que
todos seamos iguales aunque, cómo no, nunca dejemos de ser diferentes.
Repitiendo una frase que ya dejé en algún otro sitio y que va acorde con este
blog, que todos consigamos lograr nuestro sueño, ser buenos maestros,
profesores, orientadores… y serlo de verdad. Y que la palabra integración
pierda parte de su sentido, porque ya nadie entienda qué hay que integrar,
quiénes son los niños “integrables”, quiénes son los “normales”; que todos formemos
parte de un sistema educativo que nos abra los brazos a todos y a todas; que
desaparezcan las etiquetas, que comencemos a vernos, por fin, como seres
humanos. “Ciudadanos de un lugar llamado mundo.”
Referencias bibliográficas
Calvo Soto, M; Gertrúdix
Romero de Ávila, S. (2006). La pedagogía del éxito. Aulas libres. Nº84 pp 17-19. Recuperado de http://www.doredin.mec.es/documentos/00820103000104.pdf
López Melero, M. (2007). La
escuela inclusiva: construyendo comunidades de convivencia y aprendizaje.
Conferencia. Recuperado de http://hortasso2.files.wordpress.com/2010/07/la-escuela-inclusiva.pdf
Millas, J.J. (2008).
El mundo en sus manos. El País,
Reportajes: Vidas al límite. Recuperado de: http://elpais.com/diario/2008/02/03/eps/1202023613_850215.html
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